TEXTOS

00. Historiografía e Historia de España

 
00.1
00.1 La Historia como ciencia
   00.1.1 El concepto de Historia.                               
                            00.1.1.1.1 algunas aproximaciones al concepto de Historia como disciplina (antes del s. XVIII)

                                     00.1.1.1.2 algunas aproximaciones al concepto de Historia como disciplina (post s. XVIII)

                      00.1.1.2  ¿Es la Historia una ciencia?

                      00.1.1.3  El problema de la "verdad" en la Historia. (Varios)

    00.1.2 La utilidad de la Historia:      

                     00.1.2.1 ¿Para qué sirve la Historia?  M. Tuñón de Lara

                00.1.2.2 ¿Sirve para algo la Historia?  Javier Paniagua

                     00.1.2.3 La utilidad de la Historia  Enrique Moradiellos

                     00.1.3.1  Historiadores a la greña  Josep M. Muñoz

                     

 
00.2 El  debate historiográfico sobre la Historia de España: en el pasado.

     00.2.0 Los planteamientos historiográficos sobre la Historia de España.

                    00.2.0.1 Discurso sobre la Historia de España. Juan B. Pablo Forner

     00.2.1  La polémica Américo Castro vs. Claudio Sánchez Albornoz

                      00.2.1.1 España y español. Américo Castro.

                      00.2.1.2 España y español. C. Sánchez Albornoz.

                          00.2.1.2.1 España y español. Pedro Laín Entralgo.

                      00.2.1.3 Moros, judíos y cristianos. Américo Castro.

                      00.2.1.4 Moros, judíos y cristianos. C. Sánchez Albornoz.

 

 
00.3 El debate historiográfico sobre la Historia de España: en la actualidad.

      00.3.1 España como “problema”:      

                      00.3.1.1 El falso problema español. JOSÉ ÁLVAREZ JUNCO.

                      00.3.1.2 España el desafío de la modernidad.     JUAN PABLO FUSI y JORDI PALAFOX 

                      00.3.1.3 La historia de un país normal, pero no tanto.     BORJA DE RIQUER I PERMANYER

                      00.3.1.4 Reflexiones sobre la historia de España. JOSEPH PÉREZ

      00.3.2 Revisionismo permanente:

                                 00.3.2.1 Mirando en derredor con ira. LUIS GOYTISOLO

                      00.3.2.2 El revisionismo histórico español. JAVIER TUSSELL

                      00.3.2.3  ¿Quién tiene miedo de la Historia de España? EDUARDO SUBIRATS

                                 00.3.2.4 Una revisión pendiente de la Historia de España  EDUARDO SUBIRATS

      00.3.3 Posibilidad de una Historia de España

                      00.3.3.1 España y las Españas  Luis González Antón. 

      00.3.4 La enseñanza de la Historia de España

   
  … y en la red
 


 

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00.1 La Historia como ciencia

Algunas aproximaciones al concepto de Historia como disciplina.

Documento 00.1.1.1.1

 

“Ésta es la exposición de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso, para que no se desvanezcan con el tiempo los hechos de los hombres, y para que no queden sin gloria grandes y maravillosas obras, así de los griegos como de los bárbaros, y, sobre todo, la causa por la que se hicieron la guerra.”

 

Heródoto. Los nueve libros de la Historia. (Comienzo del libro Iº, Clío)

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“La historia tiene por objeto verdadero hacernos comprender el estado social del hombre, es decir, la civilización, enseñarnos los fenómenos que se relacionan con él, a saber: la vida salvaje, la suavización de las costumbres, el espíritu de familia y de tribu, los diversos géneros de superioridad que unos pueblos tienen sobre otros, la distinción de clases, las ocupaciones a que los hombres dedican sus esfuerzos y trabajos cómo son las profesiones lucrativas, los oficios que dan para vivir, las ciencias, las artes, en fin, todos los cambios que la naturaleza de la historia puede operar en el carácter de la sociedad”.

 

Ibn Jhaldun. (1332-1406)

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Documento 00.1.1.1.2

“Repito, por tanto: no hay historia económica y social. Hay la historia sin más, en su unidad. La historia que es, por definición, absolutamente social. En mi opinión, la historia es el estudio científicamente elaborado de las diversas actividades y de las diversas creaciones de los hombres de otros tiempos, captadas en su fecha, en el marco de sociedades extremadamente variadas y, sin embargo, comparables unas a otras (el postulado es de la Sociología); actividades y creaciones con las que cubrieron la superficie de la tierra y la sucesión de las edades(…).

 

Lucien Fevre. Vivir la Historia (en Combates por la Historia). 1941. (Combates por la Historia se publicó en París en 1953. Es una recopilación de ensayos y conferencias seleccionados por el autor tres años antes de su muerte). De la traducción, Planeta-Agostini. Barcelona 1986, página 39.

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“El historiador empieza por una selección provisional de los hechos y por una interpretación provisional a la luz de la cual se ha llevado a cabo la selección, sea esta obra suya o de otros. Conforme va trabajando, tanto la interpretación como la selección y ordenación de los datos van sufriendo cambios sutiles y acaso parcialmente inconscientes, consecuencia de la acción recíproca entre ambas. Y esta misma acción recíproca entraña reciprocidad entre el pasado y el presente, porque el historiador es parte del presente, en tanto que sus hechos pertenecen al pasado. El historiador y los hechos de la historia se son mutuamente necesarios. Sin sus hechos, el historiador carece de raíces y es huero; y los hechos, sin el historiador, muertos y carentes de sentido. Mi primera contestación a qué es la Historia, será pues la siguiente: un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado.

 

Edward H. Carr. ¿Qué es la Historia? Planeta –Agostini. Barcelona 1984, página 40 (Londres 1961)

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 "(…) Sin embargo, nada es más difícil y más raro que ser historiador, por no decir historiador marxista, ya que esta palabra debería implicar la estricta aplicación de un modo de análisis teóricamente elaborado a la más compleja de las materias de la ciencia: las relaciones sociales entre los hombres y las modalidades de sus cambios. Uno puede llegar a dudar de que las exigencias de tal definición hayan sido cubiertas alguna vez. (…)

(…)  El historiador de nuestros días no malgasta su tiempo en oponer términos tales como azar contra necesidad, libertad contra determinismo, individuo contra masas, espiritual contra económico sino en manejar sus combinaciones. Y no hay instrumento nuevo, forma nueva recientemente propuesta a su análisis, ya sea lingüístico, psicoanalítico o económico, que escape a la hipótesis fundamental: la materia histórica está estructurada y es pensable, científicamente penetrable como cualquier otra realidad. (…)

      Se nos dirá que, en tales condiciones, la historia es una extraña “ciencia”. Es cierto que se trata de una ciencia en vías de constitución. Pero toda ciencia está siempre en vías de constitución. (…)

      Así pues, el problema planteado por Marx (y por todos los que poseen la esperanza de esclarecer los mecanismos de las sociedades humanas y dominarlos un día), es el de la construcción de una ciencia de estas sociedades que sea a la vez coherente, gracias a un esquema teórico sólido y común, total, es decir, capaz de no dejar fuera de su jurisdicción ningún terreno de análisis útil, y finalmente, dinámica, pues, no siendo eterna ninguna estabilidad nada puede ser más útil que descubrir el principio de los cambios.

 

Pierre Vilar. Historia marxista, historia en construcción… Annales. París 1973. (En castellano, Anagrama. Barcelona 1974. Páginas 7-10).

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¿Es la Historia una ciencia?

 
Documento 00.1.1.2

El sentido histórico no es connatural al ser humano. En la mayoría de las culturas no existe, o es muy rudimentario, abarcando sólo el recuerdo de unas cuantas generaciones. Es cierto que en todos estos conglomerados existen tradiciones, leyendas y mitos que tratan del origen de las gentes y de sucesos pasados; pero esto pertenece más a la mitología y a la imaginación poética que a la historia(*). La historia es primordialmente una actividad racional, crítica, sobre el devenir humano.

    No se trata de que estas culturas sean primitivas. Los antiguos griegos, tan memorables por sus actividades intelectuales y artísticas, no tuvieron una clara visión de su pasado, ni una interrogante inquietud sobre el mismo. No guardaban un recuerdo claro de la gran civilización minoica que los había precedido; solamente un vago recuerdo en los poemas homéricos…

…Así, Heródoto narra las guerras de los persas; y Tucídides, las del Peloponeso. Pero no nos legan una historia general porque carecen del verdadero sentido histórico…

 

Rafael Arrillaga Torrens Introducción a los problemas de la Historia. Alianza Editorial. Madrid 1982. Pág. 16-17

(*) Aunque aparece en minúscula, el sentido del término es el que nosotros utilizamos con mayúscula, el de “disciplina científica”.

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        Documento 00.1.1.3

“De acuerdo con nuestra concepción de la verdad relativa objetiva, el problema consiste en comparar la verdad histórica, considerada como una verdad parcial, incompleta y, en consecuencia, relativa, con el conocimiento ideal que proporciona un saber total, exhaustivo y, por consiguiente, absoluto sobre el objeto. Al afirmar que el conocimiento histórico siempre aporta verdades relativas y sólo el proceso infinito del conocimiento tiende hacia la verdad absoluta como limes, se adopta como punto de partida la tesis de que la verdad histórica, aún cuando sea relativa, siempre es una verdad objetiva en la medida en que refleja y representa la realidad objetiva.”      

 

Adam Schaff: Historia y verdad. Editorial Crítica. Barcelona 1983 (segunda edición. Primera en alemán 1971). Página 365.

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“…Aunque las conclusiones a que la Historia llega no tengan la validez de una fórmula matemática, como que dos más dos son cuatro, su “veracidad” puede no ser menor que la de algunos postulados de la ciencia actual. En su esencia, la Historia responde a una necesidad vital del hombre. Por eso en todas las épocas, en mitos y leyendas, tanto como en crónicas y obras históricas, los seres humanos han evocado su pasado lo importante es la visión de conjunto y de orden; si eso a veces necesita de distintos niveles de veracidad, no por ello es menos importante para el ser pensante. Con mayor o menor seguridad, la Historia es la única disciplina que puede darle al hombre actual una brújula con que orientar su vida sociopolítica, o una esperanza con que esperar su futuro.”

 

Rafael Arrillaga Torrens: Introducción a los problemas de la Historia. Alianza Editorial. Madrid 1982. Página 211.

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Para qué sirve la Historia.

Documento 00.1.2.1

(…) Al fin y a la postre, el joven, que va encontrándose todo eso con el nombre de “historia”, acabará preguntándose: “Pero… si esto es la historia, ¿para qué sirve?”.

                Nada más legítimo que ese planteamiento, porque durante mucho tiempo se ha entendido que la historia era el simple relato de los hechos del pasado. Pero,  poco a poco, fue posible darse cuenta de que los hechos se referían a la vida del hombre en sociedad; que unos parecían más importantes que otros; y se pensó que no eran producto del azar, que tenían una causa. Y así empezó el hombre a interrogarse sobre su pasado.

                La historia empezaba a considerarse como una memoria colectiva. Pero esto no estaba exento de peligros. Durante mucho tiempo unas minorías dominantes confundirían su propio pasado con el de toda una colectividad. Ese fue el largo período de una historia de reyes, batallas y tratados diplomáticos. Si, por ejemplo, en el siglo XIX, Michelet (1798-1874) tiene ya la intuición de que la verdadera historia consiste en recuperar el pasado de todo un pueblo, la historia oficial, académica y docente, seguirá largo tiempo instalada en sus “acontecimientos”. Durante mucho tiempo, la historia fue relato literario y luego relato erudito, y en ambos casos nunca pudo ser plenamente inocente; la recuperación del pasado fue, durante bastante tiempo, una “justificación” del mismo.

                La memoria individual de cada hombre es un resultado de su experiencia vivida día tras día; es, también, una selección de ella, sin la cual nadie podría afrontar los trabajos ni establecer las relaciones o señalar, en suma, los problemas de su existencia. Pero la memoria histórica tardó tiempo en ser la memoria colectiva de todo un pueblo; sólo cuando llega a serlo, cuando el pasado no es una simple acumulación de recuerdos, sino un conocimiento de los hechos en sus conexiones, en su devenir, es cuando puede decirse, en puridad, que se ha recuperado el pasado para mejor conquistar el porvenir.

                Entonces la historia es mucho más que un simple pasatiempo o una evasión; la historia significa nada menos que conocer los  cimientos de nuestra vida actual, saber de dónde venimos quiénes somos y aumentar las probabilidades de saber a dónde vamos.

 

Manuel Tuñón de Lara Por qué la Historia. Salvat; colección  “Temas Clave”. Barcelona 1981. Páginas 4-5

*El autor utiliza la palabra “historia” [minúscula] con el sentido que, habitualmente, utilizamos Historia [mayúscula], o sea “disciplina científica”, mientras que “historia” se refiere a la “materia”, a lo “realmente vivido”.

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Documento 00.1.2.2

¿Sirve para algo la Historia?  
 JAVIER PANIAGUA

Javier Paniagua es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales en la UNED.
EL PAÍS | Opinión - 04-08-2000 TRIBUNA

 

            El informe de la Academia de la Historia sobre la enseñanza de esta materia en la secundaria ha provocado que el tema de las humanidades haya vuelto a la primera página de la actualidad. La cuestión se ha centrado en qué Historia enseñar, es decir, cuáles son los mínimos que un estudiante de la ESO o de bachillerato debe aprender desde el cabo de Creus hasta Tarifa, desde Algeciras hasta las Rías Baixas. Y otra vez se han utilizado parecidos argumentos, con más o menos matices de nuevo cuño, que se emplearon cuando se discutió aquel proyecto de decreto que preparó la ex ministra Aguirre y que supuso la derrota del Gobierno de Aznar en la pasada legislatura porque socialistas y nacionalistas, aunque por distintas causas, votaron en contra. Según el informe de la Academia, calificado por algunos de frívolo y poco riguroso, se estaría tergiversando una manera de enseñar y difundir la Historia de España desde distintas nacionalidades -Cataluña y Euskadi principalmente-, donde el problema está más agudizado, al transmitir una interpretación sesgada de lo que ha sido dicha historia para, en el fondo, demostrar que eso de España no es más que una unidad de cuartelillos de la Guardia Civil en lo universal o, en todo caso, la Liga de fútbol. Y desde esta perspectiva lo demás forma parte de la ideología de un Estado que ha defendido un españolismo como concepto nacional que nada tiene que ver con la realidad de unas naciones ("nacionalidades" en la terminología constitucional) que no han podido convertirse en Estado como le pasó a Portugal.

Lo que subyace en los académicos (y hago una interpretación libre del informe) es que en los contenidos de diversos libros de textos y la aquiescencia de algunos profesores, que estarían haciendo proselitismo nacionalista, España sería una especie de antigua Yugoslavia, con más tradición en todo caso como unidad histórica, donde el multiculturalismo y las diferencias nacionales habrían sido suprimidas, y, por tanto, proponen combatir la idea transmitida en varias generaciones de historiadores donde se la concibe como una esencia histórica acumulada desde siglos o, en un sentido más suave, desde la llegada de los Borbones a principios del siglo XVIII o, ítem más, desde la aparición de la conciencia nacional con la rebelión frente al Ejército francés en 1808. Liberales, progresistas y moderados, republicanos de todo cuño, incluido los federales, van generando a lo largo del siglo XIX, como ocurre en otros países de Europa, la idea de que existe una unidad "histórica", una voluntad colectiva que se ha ido fraguando a lo largo del tiempo y que ha dado como resultado una entidad, España, que ha pervivido durante varios siglos.

Se compartan las tesis de Herder, y parte de la filosofía alemana romántica, donde la nación está por encima de la voluntad de los individuos por cuanto éstos, en contra de lo que pensaban los ilustrados franceses, no son seres universales, sino que nacen en una comunidad cultural determinada con una lengua propia en la que piensan y se expresan, o se esté de acuerdo con Renan, para quien la nación sería la voluntad de permanecer unidos en el tiempo, España ha existido, y existe, a pesar de sus problemas y contradicciones. Después vendrán los grandes historiadores-filósofos para interpretar cuál es el ser de esa realidad y en qué tiempo comienza (Américo Castro y Sánchez Albornoz son los exponentes de una polémica clásica). El carlismo sería para algunos investigadores el residuo de unos sectores antimodernos que pretenderían permanecer en el Antiguo Régimen y que se prolongaría, en parte, en las bases ideológicas de los nacionalismos españoles contemporáneos en su modalidad conservadora, la Lliga en Cataluña o el PNV en Euskadi. Un sector del federalismo popular y republicano contribuirá a la asunción de que existen diferencias sustanciales en parte del territorio español y ayudará a fraguar un nacionalismo de izquierda conectado con las clases populares que se concretará en partidos como el de Maciá o Companys en Cataluña. Historiadores como Soldevila, activistas y escritores como Prat de la Riva o Almirall en Cataluña, ideólogos como Sabino Arana en el País Vasco, o Castelao y Vicente Risco en Galicia, así como años más tarde, en la década de los sesenta, Joan Fuster en Valencia con su libro Nosaltres els valencians, entre otros muchos desde principios del siglo XX, reaccionaron contra el concepto de una España única e incluso cuestionaron que se pudiera hablar propiamente de ella más allá de un Estado que no supo articular como el francés, desde la escuela o la Administración pública, una unidad sin grandes problemas nacionales, a pesar de corsos, bretones o vascos franceses.

Y todavía continuamos en el asunto. Cientos de historiadores publican tesis, realizan trabajos de investigación o generan polémicas historiográficas dentro de los claustros universitarios de muy distinto tipo. Que si el nacionalismo es un producto de una burguesía contraria a la política elaborada en Madrid, que si la lengua propia ha permanecido por encima de unificaciones, que si las clases populares son las verdaderas sustentadoras de la defensa nacional, etcétera.

Pero, en mi opinión, el problema no radica en qué historia enseñar o cómo enseñarla, según pretenden los didactas dando más importancia al método y declinando los contenidos, puesto que lo esencial es que el alumno pueda abordar los problemas históricos con "sentido critico" y la historia sea una asignatura de valores que sirva, en el mejor de los casos, para la convivencia entre todos los españoles al tiempo que pueda contribuir a comprender el mundo, como diría Reglá, saber cómo éramos en el pasado y entender el presente. En este aspecto daría igual los temas a estudiar, porque lo sustancial es transmitir los valores de civilización y convivencia a la vieja usanza ilustrada. ¿Qué más da que los estudiantes sepan quiénes eran los Reyes Católicos? Otros, en cambio, recalcan que una "ciencia" como la historia ha de estar llena de materia sustantiva, lo que implica una docencia con un programa de temas concretos

Hubo una época -desde los años sesenta hasta pasada la transición- en que la Historia se convirtió en un elemento esencial para entender los tiempos en que estábamos viviendo, fue el momento del auge de las publicaciones historiográficas por ser la clave para percatarnos de cómo evolucionarían los acontecimientos, al tiempo que se recuperaban aspectos de nuestro pasado escondidos por el franquismo. Pero posteriormente la materia perdió crédito popular, no estaba claro que por saber cosas del pasado pudiéramos actuar mejor sobre el presente, y a las pruebas me remito: las opiniones de los historiadores son tan respetables, certeras o equivocadas como las de cualquier ciudadano bien informado, y ningún historiador, por ejemplo, fue capaz de predecir la caída del muro de Berlín y la desaparición de los países de economía planificada. Por tanto, ¿adónde lleva tanta investigación historiográfica en las universidades? Principalmente a un círculo que se sustenta en sí mismo. Ya es importante que el Estado del bienestar dedique partidas presupuestarias a pagar a los que nos dedicamos a enseñar o investigar sobre historia. Es toda una atención a la erudición y a la cultura que otros países no pueden permitirse. Estoy francamente contento de ello, pero tengo la sensación de que nuestros trabajos están sirviendo para ornamentar las conmemoraciones de determinados acontecimientos históricos o discutir con virulencia sobre tal o cual interpretación que tiene escasa incidencia sobre el personal. Claro que eso también ocurre con las publicaciones, por ejemplo, de química orgánica, el problema es que en esta especialidad pueden existir factores que repercutan en el bienestar material, aunque nadie se entere de la multitud de artículos científicos que se publican. El químico no tiene la obsesión de salir fuera y ser conocido, sino reconocido en su ámbito científico. En cambio, el historiador o se hace gacetillero o tertuliano, pero le quedan pocas opciones de hacer de su trabajo algo más que un puro análisis de temas del pasado que quedará limitado a sus departamentos. Mientras tanto, el profesor de secundaria, que no puede abarcar ni tan siquiera al nivel de lectura todo lo que se investiga, se ve obligado a enfrentarse a una generación de estudiantes para los que el franquismo es como el auriñaciense y no le sirve la historia para comprender lo que quiere o desea. Busca el futuro y no está nada claro que para encontrarlo necesite saber lo que ocurrió antes. Por eso todas las interpretaciones que se hagan, nacionalistas o no, servirán para poco, al fin y a la postre muchas gentes de izquierda o conservadores estudiaron en escuelas religiosas o públicas y eso ha sido poco determinante para sus opciones ideológicas como adultos. No porque se enseñe en las ikastolas una determinada concepción histórica va a aumentar o disminuir el nacionalismo vasco. Hoy se imparte de una manera la historia en Cataluña, Castilla o Andalucía porque existe un ambiente determinado, y no al contrario. Lo que haga un profesor en clase será siempre imposible de controlar, a no ser que metamos árbitros-comisarios que paren la explicación y saquen la tarjeta roja, lo que veo difícil en los tiempos que corren.

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    Documento 00.1.2.3

“Por lo que se refiere a la practicidad atribuible a la Historia como ciencia humana, es evidente que debemos descartar la pretensión ingenua de que la Historia permita “pre-decir” el futuro; en todo caso, y cuando puede (porque hay “pruebas”), la historia “post-dice” (o “retro-dice”) el pasado. También debemos aceptar que nuestra disciplina no constituye una suerte de magistra vitae [maestra de la vida] portadora de enseñanzas y lecciones prácticas y reproducibles en circunstancias históricas posteriores y diferentes. La practicidad de la Historia científico-humanista sólo puede ser de otro orden y apoyarse sobre una necesidad social y cultural diferente: la exigencia operativa en todo grupo humano de tener una conciencia de su pasado colectivo y comunitario. Y ello porque el hombre es, por naturaleza, un ser gregario y todos los grupos humanos son siempre heterogéneos y anómalos en su composición. Por ejemplo, y necesariamente, los grupos humanos contienen miembros de distintas edades y generaciones. Así, en calidad de grupo colectivo, toda sociedad tiene un pasado que excede el pasado biográfico individual de cada uno de sus miembros. Sencillamente, el nieto que convive con su abuelo sabe que éste fue nieto en un momento anterior y recibe a su través el bagaje de ideas, valores, ceremonias e imágenes legadas por ese pasado no experimentado en su propia persona. (…)”

 

Enrique Moradiellos. Las caras de Clío. Una introducción a la Historia. Siglo XXI España. Madrid 2001. Páginas 1 y 2.

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El debate entre historiadores es fundamental para el avance de la Historia. En eso tampoco hay diferencia con cualquier otra disciplina científica.

Documento 00.1.3.1 

¿Historiadores a la greña?

La Vanguardia - - 03.45 horas - 09/10/2001

JOSEP M. MUÑOZ

DEJÉMONOS DE tópicos y discutamos abiertamente como historiadores y como ciudadanos

 

En una de sus impagables ironías, Woody Allen sostiene que "los intelectuales son como la mafia: sólo se matan entre ellos". Es decir, por muy agrias que sean las disputas intelectuales, y por muy grande que sea el calibre utilizado en la refriega, el resultado suele ser siempre el mismo: las querellas de los intelectuales sólo interesan a éstos, sin que lleguen a lograr la incidencia y la respuesta social.

Y sin embargo, la polémica es un método intelectualmente provechoso. Del intercambio de puntos de vista, de la crítica de los planteamientos, de la denuncia de los lugares comunes, de la recusación de los hechos aducidos y de la aportación de nuevos datos puede nacer -si uno es honesto consigo mismo y con los demás- una mayor y más acertada comprensión de aquello sobre lo que se discute. Si uno está dispuesto a escuchar al otro y sus razones, se produce un avance, un progreso en el conocimiento. Lo malo es que no siempre es así. Sobre todo cuando las cuestiones intelectuales sobre las que se discute son, o devienen, cuestiones marcadamente políticas. Éste es, sin duda, el caso de la historia: ¿no estamos contraponiendo, cuando discutimos de historia, nuestras distintas visiones de lo político? ¿Qué ha caracterizado a la discusión de los historiadores catalanes sobre nuestros mitos más que la dificultad de saber qué es lo que nos sustenta como nación? ¿Qué ha habido en la discusión del informe de la Real Academia de la Historia sobre la enseñanza de la historia más que una abierta contraposición de las visiones sobre la realidad nacional o plurinacional de España?

En nuestra sociedad del espectáculo, la polémica es siempre bien recibida, e incluso alentada, por los medios de comunicación. Quizás por ello, la polémica "mediática" es a menudo rehuida por la profesión. Muchos historiadores se quejan, y con razón, de la falta de rigor de los tertulianos radiofónicos, o de la ligereza de algunos pseudointelectuales que escriben a vuelapluma, cuando no al dictado. Exigen entonces una vuelta a los cuarteles de invierno, a los seminarios restringidos y a las revistas científicas, donde podrán opinar, sin "ruido" mediático, del bien y del mal. No estoy seguro, sin embargo, de que la mejor actitud sea la de rehuir la pública discusión sobre las cuestiones históricas que nos afectan a todos como ciudadanos.

Es por ello que los historiadores caemos a veces en la tentación de andar a la greña. Es cierto que corremos entonces el riesgo de ser vistos como unos "busca-raons". Pero éste es un tópico no muy distinto al que presenta a los arquitectos como unos divinos, a los diseñadores como tiranos (¿quién no ha oído hablar de la tiranía del diseño?) o a las cantantes de ópera como unas histéricas. Por todo ello, estoy convencido de que vale la pena discutir abiertamente sobre lo que nos ocupa como profesionales y como ciudadanos, aunque por ello tengamos que abandonar el silencio confortable de los seminarios y arriesgarnos a recibir algún que otro rasguño. Pero esos posibles inconvenientes no deberían amilanar ni a los más prudentes: después de todo, y salvo excepciones, los intelectuales sólo se matan entre ellos metafóricamente.


J. M. MUÑOZ, director de "L'Avenç"

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00.2 El debate historiográfico sobre la Historia de España: en el pasado.

En la medida en que la "memoria" colectiva -esa función clave de la Historia, pero no la única función- es indispensable para afrontar el/los proyectos de futuro, de ese colectivo, importa ¡y mucho! desbrozar ese pasado... y "acordar" sobre el mismo una interpretación más o menos compartida.

    Todas las sociedades históricas han tenido que acometer esa "clarificación-elaboración" del pasado común. En la mayoría de las ocasiones -si no siempre- se debió a que una interpretación "se impuso/fue impuesta" a las otras más o menos "heterodoxas" o disidentes de la interpretación que se impone. Es más: se puede decir que esa imposición es meramente "temporal"... hasta que se "revisa".

    En ese sentido nada que objetar al "debate historiográfico" que se da sobre la Historia de España. Un debate ya largo: como no podía ser menos, desde el momento en que se empieza a hablar de España... o de Hispania. Porque la "pérdida de Hispania" (de "lo cristiano" a manos de "los musulmanes") ya reforzó el "neogoticismo" de los Reyes asturleoneses... fue coartada ideológica para justificar su Estado y la actividad "reconquistadora" del mismo. Con el tiempo, también para los reyes de Castilla para creerse imperatores de tota Hispaniae.

    Luego viene el fecho del imperio, y posteriormente la decadencia... Y, mientras otras sociedades cristianas y europeas se constituían como Estados-nación "modernos", los españoles enfrentaban su presente "desde" la añorada gloria del XVI y principios del XVII. En el siglo XVIII hay ya un nuevo intento "global" de redefinir España como entidad política, social y cultural... justo cuando aparece "el nacionalismo" Pero el agitado final de siglo y el complejo siglo XIX impidieron que se consolidase como "nación". La Monarquía, creadora de la "nación" en otros lugares, aquí se desprestigió y esa "nación española" quedó a medias de definir. La historiografía reflejó eso: impotencia, desorientación, desacuerdo...aunque también brilló el "patriotismo" de algunos ilustrados que defendieron la "aportación de España" a la civilización (J. Pablo Forner, por ejemplo).

    Y en esto, el romanticismo despertó también las ganas de "recuperar un pasado creíble" a algunas regiones periféricas... que culpaban a Castilla-España de su atraso en el concierto de "pueblos" del mundo. Y así llevamos 150 años ya.

    Limitándonos al s.XX, encontramos los "lamentos" de la generación del 98, los intentos de encontrar "el carácter" o la "psicología" de los españoles... y ya en el terreno más científico el debate historiográfico que cubrió todo el tercer cuarto del siglo s.XX entre el filólogo Américo Castro y el historiador Claudio Sánchez Albornoz. Ambos tuvieron seguidores y, de otra forma, la polémica continúa.

 

Documento 00.2.0

Un trabajo meritorio, pidiendo una Historia de España al tiempo que se hace un balance de toda la historiografía hasta el momento es el de Juan Pablo Forner, ilustrado, algo más joven que Jovellanos y con una gran vocación de "polemista".

Capítulo primero

Origen y progresos de la historia de España [se refiere a la Historia, o sea, el relato. Toda la obra es un repaso "historiográfico" a la(s) Historia(s) de España que se fueron elaborando y una crítica velada a la recién creada Academia de la Historia]

     La historia particular de España, quiero decir la noticia de las cosas que conciernen a esta nación considerada como una sociedad civil independiente de imperio o dominación extranjera, tuvo principio en el mismo tiempo en que se echaron los cimientos de su monarquía. Mientras duró sujeta al gobierno de los romanos, aunque participó de la cultura e ilustración que éstos comunicaron a las provincias bárbaras que ataron a su imperio, no pudo referir a sí sola los efectos de la enseñanza que recibió.

(...)  La irrupción de los godos, dando en España origen a una monarquía independiente del imperio, dio también ocasión a que se tratase con independencia el nuevo estado de las cosas. El cronicón de Hidacio es en el lienzo de nuestra historia el matiz o media tinta que da tránsito desde la dominación romana a la monarquía independiente. (...)

Consolidada la monarquía en el reinado de Leovigildo, comunicó a su historia no sólo el carácter de su independencia, pero también el de las nuevas gentes que la dominaban. Había ya desaparecido casi del todo el esplendor de las letras, y quedó sólo aquel resto de cultura que bastó para hacer menos bárbaros a los godos y menos sabios a los antiguos habitantes de la península. (...)

 Fue pues ya en estos tiempos nuestra historia propiamente historia de España, pero dejó de serlo en cuanto a las calidades que constituyen su amplitud, artificio, belleza, utilidad, grandeza y energía; (...) En resolución, España no tuvo historia propiamente tal en tiempo de los godos. Tuvo apuntamientos cronológicos que quisieron conservar por este medio la serie de los sucesos más notables que iban ocurriendo en sus días. Ni logró otro semblante nuestra historia en el espacio de los tres siglos que corrieron desde la irrupción de los sarracenos hasta el reinado de D. Fernando el Santo. (...)

(...) y entonces [siglo XIII, con Alfonso X] fue cuando nació en España la historia verdaderamente española, quiero decir las cosas de la nación referidas en su idioma común y expresadas con dignidad y orden artificioso, cual corresponde al objeto del arte y calidad de las materias. La Crónica General que escribió por sí mismo el rey don Alfonso, excedió en las galas de la narración a todos los monumentos históricos de España que la antecedieron, y tal vez a cuantos se escribieron después de ella, hasta que el padre Juan de Mariana quiso dar a su patria una historia con todos los requisitos de tal.(...)

Capítulo cuarto

Convendría que la historia de España se escribiese de distinto modo que hasta aquí.

(...) Ha poseído pues España hasta la entrada del presente siglo, historiadores no sólo iguales, pero superiores sin controversia a cuantos poseyeron por aquellos tiempos las demás naciones de Europa; el conocimiento de las humanidades y el estudio de la antigüedad inspiró el deseo de competir con los mayores hombres de Grecia y Roma

(...)

Y volviendo ahora al objeto de este capítulo ¿dónde tiene España una historia que retrate al vivo el estado político de sus reinos en sus diversas épocas? ¿En cuál de ellas se puede aprender la constitución nacional, las varias alteraciones que ésta ha padecido, la serie de sus progresos, y las distintas formas que han ido tomando los institutos públicos con la concurrencia de causas y motivos, casuales o estudiados, que los han alterado o modificado? Hallamos en verdad en todas las fechas de los concilios y de las cortes, y los nombres de los que asistieron a estas asambleas, pero nada se reflexiona sobre los motivos que las ocasionaron, ni sobre los efectos que produjeron, vemos las épocas de nuestros códigos, pero hasta llegar a estas épocas (que se notan ligeramente, y como por modo de episodio), apenas se halla noticia que pueda contribuir al conocimiento de la administración interior, sus progresos, aumentos y mutaciones. Las costumbres, usos, comercio, artes, ciencias y demás ramos en que se echa de ver la cultura o barbarie de los pueblos, se omiten en gracia de los combates, derrotas, sitios y marchas de ejércitos que, por lo común, se refieren con gran puntualidad, colocando la gloria y el heroísmo no en los ejemplos de buen gobierno, sino en la mortandad del mayor número de hombres. Se copian donaciones de monasterios, privilegios a próceres, exenciones de señoríos, sin detenerse a indicar de qué modo influían estas cosas en la constitución pública, y qué opiniones, urgencias o caprichos las ocasionaban. Se tejen largas listas de genealogías, matrimonios, enlaces de casas, discordias y guerrillas entre los ricos-hombres, y como las historias carecen de aquel sistema de unidad que debe encaminar todas las líneas al centro común, que es la manifestación del estado de las sociedades en cada época, suelen estas cosas dar materia a una reflexión suelta, sin referirse al conocimiento del todo. Cuando nuestros historiadores escribieron, se tenía de la historia una idea muy distinta de la que se tiene hoy. Duraban aún ciertas preocupaciones sobre la gloria, el honor, la nobleza, las letras, la piedad, y no se sabía que un cuerpo histórico debe ser la copia fiel y el retrato puntual del cuerpo político de que trata el sistema completo de los gobiernos, y la pintura exacta de lo que han sido los hombres en estas grandes sociedades que se llaman repúblicas o monarquías. Tengo por muy cierto que si un Morales, un Mariana, un Herrera, hubieran alcanzado esta edad, facilitándoles materiales y auxilios en abundancia, y defendiéndolos de las persecuciones que sufre la verdad de parte de los que viven a costa del engaño o error ajeno, hubieran dado o darían historias superiores a cuantas de este género posee hoy Europa, así como se aventajaron en su tiempo a cuantos historiadores produjo ésta en los demás reinos. Es difícil, no hay duda, que sean frecuentes los talentos de esta especie; pero si a la escasez de la naturaleza en la producción de estos grandes hombres, se juntan dificultades y obstáculos para que no sen conocidos y empleados los pocos que produce, entonces puede darse por perdido el ramo en que se verifique esta complicación. Así que, si se ha de escribir la historia, es menester que haya quien la escriba con suficiente autoridad, para vivir salvo de los riesgos y persecuciones; y si se ha de escribir útilmente, es menester que, facilitando al historiador apto los materiales y auxilios convenientes, la escriba de modo que sea verdaderamente la maestra de la vida, es decir la escuela donde representados los progresos de la sociedad civil, aprendan los reyes y hombres públicos a mejorarla, y los pueblos a abrazar sus mejoras.

Juan Pablo Forner Discurso sobre la historia de España (citado por la edición electrónica de la Biblioteca Cervantes Virtual, extracto de su obra Discurso sobre el modo de escribir y mejorar la Historia de España)

 

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Polémica Américo Castro vs. Claudio Sánchez Albornoz.

La polémica se inició cuando en 1948 el exiliado filólogo tras la guerra civil, Américo Castro publicó su España en su historia; una interpretación de la historia de España como una sociedad diferente del resto de las sociedades europeas, y ello debido a la "convivencia de tres culturas" durante la Edad Media. En 1957 contestó, también desde el exilio, Claudio Sánchez Albornoz, historiador de larga trayectoria ya, con su España, un enigma histórico, donde rebatía una por una las especulaciones de A. Castro y resaltaba la impronta germánica sobre el romanismo de los cristianos que "hicieron España". En ese contexto, entran otros "discípulos" en liza: P. Laín Entralgo, ensayista que vivía en España, publica su España como problema, y más tarde su A qué llamamos España... y escritores como Juan Goytisolo con su Vindicación del conde D. Julián... como discípulos de A. Castro. El "bando" de C. Sánchez Albornoz estuvo integrado más por historiadores profesionales a quienes favorecía la rigurosa obra del propio "maestro" y también del maestro de éste, R. Menéndez Pidal. Hoy la polémica sigue bajo el rótulo de "España plural" (seguidores de A. Castro) o "España como nación desde la noche de los tiempos" (sean ejemplo F. García de Cortázar o Ricardo de la Cierva, si bien lo enfocan de forma muy diferente).

 

Documento 00.2.1.1

MEDIA UN MILENIO ENTRE LAS PALABRAS "ESPAÑA" Y "ESPAÑOL"

(...) Los romanos llamaban Hispania a la Península Ibérica, provincia de su imperio. En el latín hablado por quienes no leían, ni ante vocal sonaba ñ hacia el siglo III d.C. Por su parte, la i de Hispania ya se pronunciaba como e en los primeros siglos del imperio. Es decir: hacia el año 300 la mayoría de los latinoparlantes decía España, aunque los cultos escribieran Hispania. Cuando la lengua castellana comenzó a escribirse en los siglos XI y XII, quienes moraban los reinos cristianos carecían de un nombre no religioso que a todos los abarcara. En diplomas extranjeros anteriores al siglo XIII, al habitante de la España cristiana lo llamaban Hispanus o Hispanicus, según hace ver P. Aebischer. Habría que añadir a esto que en la época visigótica -según revela la toponimia- aquellos se llamaban Romanos, Romanillos, godos, Godiellos, Goda, Godina, Romanones, etc.... Iniciada la Reconquista, los topónimos con sentido étnico fueron Astures, Galleguitos, Toledanos, Basconcillos, Castellanos, etc. Los habitantes de los reinos cristianos, antes de fines del siglo XIII, se llamaban gallegos, navarros, castellanos, aragoneses, etc. El adjetivo español no aparece hasta fines del siglo XIII; el nombre común de los habitantes de los reinos cristianos era sólo el de cristianos.

    El nombre España, aparte de esto, se daba por moros y cristianos, en los siglos IX al XI, y aún más tarde, a la zona de la península de lengua árabe y religión musulmana, ya sin conciencia de formar parte de la Hispania romana o visigótica (...)

 

Américo Castro. Sobre el nombre y el quién de los españoles. Madrid 1985 [primera edición 1967. Aquí tomo la edición de 1985 hecha por la editorial Sarpe, en la que juntó dos libros, éste artículo y el que se cita más abajo]. Sarpe. Págs.. 29-30.

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        Documento 00.2.1.2

(...) Los moradores de la Península fueron ya calificados de hispanos por los romanos y en el último siglo del dominio de Roma comenzaron a advertir su unitaria comunidad histórica y a sentirse sacudidos por una balbuciente españolía. Me parece seguro que esos dos sentimientos se acentuarían durante el señorío  visigodo, al fraccionarse el Imperio de Occidente. Allende el Pirineo se aplicó el viejo nombre a los habitantes en la Península. Natione hispano se dijo de Teodulfo de Orleans, Benito de Aniano y Agobardo de Lyon. Y en los Capitulares carolingios se calificó de hispani a los emigrantes que entraron en la Galias desde el sur español cruzando la gran cordillera. Todos ellos descubrieron características temperamentales que rimaban con las que habían mostrado los peninsulares del último siglo de señorío romano y que anticipaban algunos rasgos de los modernos españoles. Pero con ocasión de la ruptura de la unidad peninsular tras la invasión islámica y la resistencia cristiana a los muslimes, los viejos hispanos dejaron de sentir su vieja ancestral españolía comunal. ¿Cuándo volvieron a juzgarse españoles? ¿Cuándo les unieron rasgos unitarios? ¿Cuándo mostraron los caracteres que descubren ahora sus históricos descendientes?

    Como el hombre ha avanzado siempre en la historia no en línea recta sino en espiral, en el camino hacia la formación del arquetipo del español de hoy nuestros antepasados han ido atravesando zonas de luz y de sombra. (...)

 

Claudio Sánchez Albornoz. El drama de la formación de España y los españoles.... Barcelona 1973. Edhasa Págs..33-34

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        Documento 00.2.1.2.1

(...)  A partir de los primeros decenios de la Reconquista se inicia entre las gentes que entonces formaban la porción cristiana de la península ibérica un modo colectivo de vivir, rigurosamente nuevo respecto del que había informado la existencia histórica de los visigodos: ese que algo más tarde será llamado, ya sin interrupción hasta nuestros días, "español". Tres rasgos principales pueden señalarse en su génesis, según Américo Castro: una lucha que con distintas vicisitudes va a durar casi ocho siglos, y como consecuencia de ella la instalación de las almas en permanente y enérgica tensión de espera y esperanza hacia la consecución de una meta futura, siempre más o menos remota, en la que firmemente se cree y con la que ilusionadamente se sueña; la creación de instituciones y demitos, en el sentido soreliano de este último término, antisimétricos respecto de las instituciones y los mitos que operaban entre sus adversarios y rivales (tal sería el sentido histórico -supremo ejemplo- de la oposición vital entre la veneración cristiana de Santiago y la musulmana de Mahoma); la no menos habitual convivencia en medio de las cambiantes vicisitudes bélicas, con los árabes y los judíos, y por tanto la más o menos intensa incorporación de estos dos grupos étnico religiosos (mudejarismo, relevante función social de los hebreos) a la vida consuetudinaria de los españoles cristianos. Sólo así podría ser bien entendida la tan notoria peculiaridad de la Edad Media castellano-leonesa respecto de la europea, y el hecho de que los rasgos específicos del Medioevo de Europa feudalismo, incipiente burguesía industrial y comercial, paulatina racionalización de la vida: teología y filosofía escolásticas, germinal estadística económica y ragioneria de las ciudades italianas- sean tan tenues y singulares en aquella jovencísima España.

Pedro Laín Entralgo. A qué llamamos España. Madrid 1971. Espasa Calpe. Págs. 68-69

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        Documento 00.2.1.3

 (...)  Tal era el panorama social abierto a los núcleos cristianos del Norte ya en el siglo IX. Aquella situación les era conocida a través de quienes (libres o cautivos) venían del al-Andalus; o de los mozárabes, que a millares emigraron o huyeron a tierras cristianas en diferentes ocasiones; o de los moros que permanecían en los lugares reconquistados. Los judíos, por su parte, fueron afluyendo al Norte después de las invasiones de almorávides y almohades, y también a medida que los reinos cristianos iban demostrando su superioridad militar.

    Una sociedad integrada por esos tres sectores de oblación, cada uno con su peculiar creencia, no había existido durante la época visigoda. Su aparición en los reinos cristianos fue motivada por la estructura social del al-Andalus. ¿Cuál si no, iba a ser la razón de tan nueva manera de vida colectiva? Al adoptarse ésta, aquellos reinos se islamizaban en cuanto a su estructura social, montada sobre ejes de creencia en un modo sin paralelo en Occidente: cristianos, moros, judíos. La diferencia con al-Andalus era, sin embargo, radical, dado que allá el poderío y el prestigio cultural y económico eran musulmanes. En el Norte, la figura social aparece invertida, y en distinta posición de valores: arriba los cristianos, la decisión política y militar (los "hombres de fierro"); pero los otros dos vértices del triángulo, aunque dependiesen del de arriba en cuanto a la autoridad que mandaba, no se hallaban enteramente abajo. Es decir, que la capacidad técnica era mora o judía. Se produjo así una especialización de funciones, cuyos efectos se manifiestan en la misma estructura y funcionamiento, luego observables en la "morada vital" de los españoles, nacidos y formados como españoles  precisamente así, como un triple casticismo cristiano, moro y judaico. Los españoles no eran, ni fueron nunca, entes etéreos que permanecían en las nubes de la abstracción, mientras la vida iba cumpliendo sus menesteres por bajo de ellos. La idea de que los españoles aparecieron como una sustancia esencial e inalterable, como una emanación de la tierra, esa idea no corresponde a nada real, pese a Menéndez y Pelayo y a cuantos crean en tanta fabulosa historia.

    El conjunto formado por cristianos, moros y judíos, la interacción de esos tres sectores entre ellos, no es ninguna tesis, es una evidencia. El sector cristiano, el que a la postre se quedaría solo, tomó forma interior labrada por su continuo ajuste con los otros dos. (...)

 

Américo Castro.  Los españoles; cómo llegaron a serlo. Madrid 1985 [primera edición 1965]. Sarpe. Págs.. 192-193.

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        Documento 00.2.1.4

El brillante ensayista a quien he aludido muchas veces, desconociendo por entero -me atrevo a subrayarlo- la historia de la Reconquista no ha vacilado en lanzar las más peregrinas teorías. Sus dislates pueden resumirse en una frase: a partir de la invasión muslim empieza la simbiosis entre lo islámico y lo cristiano en la España norteña insumisa. (...)

¿Simbiosis de lo oriental con lo occidental en la cristiandad libre del Norte? Enorme error (...)

¡Simbiosis de lo occidental y lo oriental en la España cristiana! Sólo ignorando plenamente la historia de la Reconquista -y subrayo de propósito la frase- puede desconocerse la tragedia, la bárbara tragedia, que significó el multisecular batallar de moros y cristianos en Hispania.

    ¿Simbiosis? ¿Convivencia? Porque los pueblos hispanos del Cantábrico habían conservado vivo su viejo talante pudo iniciarse la resistencia contra los invasores y pudo surgir el reino de Oviedo. (...)

    (...) Científicamente es preciso, en cambio, valorar lo tenso, perdurable y decisivo de la acción creciente de lo occidental en la estructura de vida, en las letras, en el arte, en las formas de religiosidad de los pueblos de España.

    Hoy conocemos bien la política europeizadora de Alfonso VI; la colonización integral de la Iglesia castellanoleonesa por la clerecía francesa; la gran invasión del reino todo por masas de francos, es decir, de ultramontanos; la fertilización del arte y de las letras por las corrientes del pensamiento, de las formas literarias y de las creaciones artísticas de la Europa de ultrapuertos y la inundación del habla por torrentes de galicismo. Y podríamos extender a la Corona aragonesa la realidad de esa serie de fenómenos sociales y culturales. Produjeron la incorporación a la vida de Occidente del girón hispano de él desgarrado por obra de la invasión islámica. (...)

(...) Como en el caso de la supuesta convivencia de moros y cristianos, no puede tampoco admitirse la de cristianos y judíos, porque convivir implica una armónica y fecunda coexistencia de hombres o pueblos. Como en el caso estudiado del batallar continuo de cristianos e islamitas, me parece seguro que otra pugna violenta, abrasada de odios, no unió, apartó, a cristianos y judíos. Esa pugna cruel era inevitable. Los hebreos se dieron a las dos mismas empresas que habían practicado en el sur: fueron publicanos y usureros [se refiere a cuando vivían en al-Andalus; publicano significa "cobrador de impuestos", y usurero, aquí, prestamista a muy alto interés] (...)

 

Claudio Sánchez Albornoz. El drama de la formación de España y los españoles.... Barcelona 1973. Edhasa Págs. 37, 39,51, 57.

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00.3. El debate historiográfico sobre la Historia de España: en la actualidad.

 

La historia de España ¿historia de “un país normal”?

 

Ya sabes que la Historia es una construcción científica, pero también ideológica (de “ideas”) sobre la “historia” de las sociedades. El trabajo del historiador, como elaboración intelectual tiene, obviamente, los sesgos que los errores de interpretación (y mil factores más, sin entrar en la “mala fe”, claro está: datos inexactos, preferencia por unos sobre otros, falta de información…) producen.

    En los siguientes documentos tienes un ejemplo. Te pongo estos textos como podría ponerte ciento más, pero creo que son representativos de dos posturas cercanas al tiempo actual. Veinte años antes, estaban más alejadas aún. Es más: predominaban, incluso, las intervenciones de “hispanistas”: historiadores –y otros estudiosos- no españoles que se centraban en el estudio de la “curiosa” historia de España. Así decenas de franceses (a finales de agosto de 2003 murió Pierre Vilar), anglosajones -tanto británicos como norteamericanos (aquí se menciona a Raymond Carr)- alemanes o italianos, ofrecieron interpretaciones sobre la “especificidad” de España. Además, en los años 60 el entonces ministro de Información y Turismo (el Sr. Manuel Fraga Iribarne) acuñó un eslogan publicitario: “Spain is diferent”. En fin: ya has visto más arriba la "polémica A. Castro vs. C. Sánchez Albornoz.

    El primer artículo, anterior en el tiempo, “abre” el fuego sobre el asunto. Fíjate en la fecha: ya está gobernando el Partido Popular y, por otra parte, han comenzado las especulaciones sobre algunos “desvíos” de la LOGSE en lo que se refiere a la enseñanza de “las Humanidades”. Además, falta poco para el centenario del “desastre del 98”.

    Por otra parte, te “introduce en el debate”.

 

 

Documento 00.3.1.1

El falso "problema español"  
JOSÉ ÁLVAREZ JUNCO

José Álvarez Junco es catedrático de Historia de las Ideas y los Movimientos Sociales en la Universidad Complutense. Ocupa actualmente la cátedra Príncipe de Asturias de Historia de España en la Universidad de Tufts (Boston, Massachusetts).
EL PAÍS | Opinión - 21-12-1996             TRIBUNA

 

La principal obsesión de José Antonio Maravall, de cuya muerte se cumplen. ahora 10 años, fue ofrecer una interpretación de la historia de España en la que ésta apareciera como "normal" homologable a los modelos europeos. Toda su obra, fuese sobre el llamado "Estado moderno", sobre, el pensamiento político del siglo XVII, sobre el Barroco o la Ilustración, colocaba los fenómenos en la encrucijada entre el pensamiento escolástico y el racionalismo científico moderno, utilizando conceptos tan generalizables como monarquía parlamentaria, Estado moderno, utopía o revolución. Ello chocaba frontalmente con los tiempos en que le tocó vivir, cuando se suponía que España era "diferente", no sólo un eslogan del Ministerio de Turismo, sino la síntesis de toda una interpretación de la historia y la cultura ibérica construida en tiempos de la llamada Leyenda Negra y reelaborada -en positivo, aunque con no menor carga de prejuicios- por los viajeros románticos. No era sólo, por tanto, el Gobierno español quien participaba de esa idea -utilizada, en parte, para justificar la dictadura-, sino también la, opinión pública mundial, e incluso los intelectuales, tanto del régimen como de la oposición y tanto del interior como del exilio. No hay que olvidar que desde las últimas décadas del siglo XIX hasta, aproximadamente, el final de la II Guerra Mundial el mundo entero había estado dominado por explicaciones raciales o etno-nacionales de tipo esencialista. La culminación había sido la locura fascista, pero sería un error atribuirle todo a ella.Los españoles se habían dejado arrastrar con especial dramatismo por esta pasión de las esencias nacionales, porque la moda coincidió justamente con dos graves crisis políticas colectivas: el 98 y la guerra civil. En 1898, la pérdida de Cuba y los demás restos del imperio, se interpretó traumáticamente como una demostración de impotencia colectiva, especialmente humillante en el momento en que los europeos "normales" -según se percibía desde aquí- demostraban en Asia y África a golpe de cañonazo la superioridad de su civilización. Hasta aquel momento, además, los progresistas españoles se habían protegido de sus desventuras manteniendo la esperanza en una intervención redentora de ese sano pueblo que según la leyenda había salvado al país cuando las élites vendepatrias lo habían abandonado en manos de Napoleón. Pero las noticias de los sucesivos hundimientos de escuadras del 98 no hicieron reaccionar al pueblo, y ello agotó los últimos restos de optimismo. Definitivamente -concluyeron las mentes preocupadas por el destino colectivo-, no éramos como los demás europeos, éramos incapaces de adaptamos a la modernidad, no pertenecíamos a las razas superiores.

La guerra civil, cuarenta años después, añadió el elemento cainita: además de desorganizados, individualistas, perezosos, éramos fratricidas. No cabía más angustia. Construida de esta manera, la identidad colectiva española carecía de la coartada más útil de cualquier nacionalismo: la expulsión, la proyección de los males hacia el exterior, hacia un enemigo culpable de nuestras desgracias colectivas. Ya el pesimista Azaña de La velada de Benicarló había escrito con claridad que los males de España sólo eran atribuibles a los españoles. Por supuesto que siguió habiendo quienes sostenían que en 1936 el país había sido pura y simplemente víctima de una agresión internacional. Recuerdo una conversación con Federica Montseny en que se empeñaba en que era incorrecto llamar "guerra civil" a lo que había sido una defensa del pueblo español contra un éjército invasor germano-italiano. Lo mismo decía Franco respecto de la conjura judeo-masónica-comunista contra España, materializada en las Bnigadas internacionales. Pero eran espíritus partidistas, decididos a no reconocer la realidad. Sobre todo entre los republicanos derrotados y exiliados, había que ser ciego para negar que la lucha, había sido fratricida, incluso dentro de sus propias filas.

Entre los vencedores, la victoria permitió imponer un optimismo oficial que contrarrestó los tradicionales planteamientos del problema español. Decadencia, fracaso, crisis, eran términos que pertenecían al torcido curso de la historia española de los últimos siglos, debido a erróneos experimentos extranjerizantes. El nuevo régimen iba a restablecer los gloriosos tiempos de los Reyes Católicos o Felipe II, esto es, la comunidad de creencias, la armonía social basada en una justicia establecida por decreto, y con ellas el poderío político y económico. Hubo espíritus honestos, como un Dionisio Ridruejo, que participaron sinceramente de esta retórica durante algunos años. Pero sólo durante algunos años. En 1949, diez después de terminada la guerra, publicaba Laín Entralgo su España como problema, libro todavía plenamente inserto en el paradigma nacional esencialista pero dominado por. unas dudas sobre las virtudes del ser nacional muy distantes de la versión oficial. La respuesta cargada de soberbia le llegó de inmediato de la pluma de Calvo Serer, quien obsequió al público con un España sin problema donde recordaba que el franquismo había resuelto el problema nacional y no había ya lugar para derrotismos del viejo estilo.

El tema que había tocado Laín seguía, sin embargo, vivo y en boga entre lo! medios intelectuales, mal que le pesara al pensamiento oficial. Insistió sobre él, con su España inteligible, Julián Marías, discípulo de Ortega que, aunque también desde el interior, no tenía conexiones con el régimen. Y era lo que estaban haciendo desde el exterior republicanos exiliados como Américo Castro o Sánchez Albornoz. Para ellos, la obsesión era explicar el fracaso de la República y el ensañamiento de la guerra civil; para Laín, el fracaso mismo. del régimen del que empezaba a distanciarse. Pese a las diferencias políticas, todos ellos compartían un mismo marco mental, el de las esencias nacionales, cuya máxima expresión se alcanzaba quizá en la obra de un Menéndez Pidal, el intelectual que aunaba la herencia de Menéndez y Pelayo y de Giner de los Ríos, el maestro reconocido de los historiadores españoles durante los primeros sesenta años del siglo XX.

Todo un género literario se desarrolló, así, alrededor del llamado "problema de España", en busca de las raíces y causas de la supuesta anormalidad del país. Aunque los diagnósticos sobre este "problema" variaron considerablemente, un rasgo común caracterizó a la mayoría de los participantes en el debate: ya que la traslación de culpa no se podía hacer en el espacio (es decir, ya que no había un enemigo exterior al que atribuir nuestros males) se hacía en el tiempo. La discusión se centró, por tanto, en el origen histórico de la gran tragedia española, intentando explicar, por un lado, el supuesto fracaso ante la modernidad y, en último extremo, la guerra civil. Ortega y Gasset había culpado a los visigodos, cuyo dominio gregario habría producido una Edad Media sin feudalismo y una modemidad sin élites capaces de dirigir el progreso. Sánchez Albornoz reivindicaba en cambio a los visigodos y remontaba la esencia nacional al periodo prerromano. Américo Castro, muy sensatamente, reprochaba a Albornoz la construcción de una identidad permanente, impermeable a la historia, y explicaba en cambio la peculiaridad de la sociedad hispana a partir de la Inquisición y la represión contra judíos y moriscos; pero ello habría originado, según él, una "morada vital" que adquiría enseguida también los rasgos de esencia imperecedera, capaz de explicar todo lo ocurrido y lo por ocurrir en el país. Otros había que culpaban a los árabes -la sangre oriental, apática durante largos periodos, con explosiones de exaltación y ferocidad-, a los fenicios o a las guerras civiles de los tiempos de Sertorio.

Y así ocurrió que estos excelentes eruditos e investigadores, y otros como Altamira o Madariaga, se pasaron los últimos años de su vida debatiendo, desde Princeton, California, Oxford o Buenos Aires (con alguna aportación desde Madrid)" problemas metafísicos sobre el ser español. La situación, para el observador distante actual, resulta surrealista. Pero ellos sentían una angustia muy auténtica. Basta leer la excelente poesía inspirada por el "tema de España" en.los años cuarenta y cincuenta, de la que tan buena- antología publicó José Luis Cano en los sesenta: domina en ella la matáfora sobre España como madrastra ("miserable y aún bella entre las tumbas grises", según Cernuda): las referencias a la mala raza, como la de Cernuda también sobre "la hiel sempiterna del español terrible /, que acecha lo cimero / con su piedra en la mano"; la visión de España como "navío maldito", a cuyo hundimiento definitivo José Hierro quisiera asistir; la "patria de pechos mutilados, de boca pálida", de Eugenio de Nora; el "Hija de Yago" de Blas de Otero ("talón sangrante del bárbaro Occidente..."); el "oh, no toquéis a España: quema su tierra roja", de Carlos Bousoño...

La salida del túnel iba a iniciarse a finales de los cincuenta, y no por la vía de la literatura, sino gracias a las ciencias sociales. Un enorme creador literario, Francisco Ayala, que por azares de la vida había tenido que enseñar y escribir sobre sociología, publicó en Méjico su Razón del mundo: la preocupación de España, un libro luminoso en el que se distanciaba de los planteamientos de su propia generación. Era la época en que, desde Barcelona, Jaume Vicéns Vives (guiado también inicialmente por esta preocupación por explicar el atraso español) iniciaba la renovación de la historia en, términos cercanos a la escuela de los Annales, lo que le llevaba a hablar simplemente de industria, demografía, o élites sociales. Y desde Vera de Bidasoa y Madrid, coincidieron alrededor de 1960 en esta misma embestida Julio Caro Baroja, quien tituló explícitamente un pequeño libro El mito de los caracteres nacionales, y José Antonio Maravall, que trató el tema en varios artículos dedicados a la obra de Sánchez Albornoz y Menéndez Pidal.

La réplica comprensiblemente airada, corrió a cargo de Madariaga y Sánchez Albornoz. Y fue Maravall quien sostuvo la polémica, valiente y difícil porque era contra sus maestros, y tituló uno de sus artículos, publicado en la Revista de Occidente, igual que el expresivo librito de Caro Baroja. Aquella nueva manera de ver las cosas nos sedujo a muchos de los entonces jóvenes, entre otras razones porque nos liberaba de un peso agobiante. Y en estos días, cuando termina el año en que ha muerto Caro Baroja y se cumplen diez de la desaparición de Maravall, quisiera aprovechar para rendirles este pequeño homenaje. Como debemos rendírselo a ese otro gran escritor y gran intelectual, afortunadamente vivo y creativo, que se llama Francisco Ayala. Ellos cerraron unas disquisiciones sobre la esencia nacional que hoy a la mayoría nos parecen carentes de, sentido. Aunque algunos sigan obsesionados por la identidad colectiva, esta vez no ya de España, sino de los nacionalismos alternativos.

 

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Documento 00.3.1.2.

España el desafío de la modernidad  
JUAN PABLO FUSI y JORDI PALAFOX 

Juan Pablo Fusi es catedrático de Historia de la Universidad Complutense. Jordi Palafox es catedrático de Historia Económica de la Universidad de Valencia.
EL PAÍS | Opinión - 14-11-1997

 

 

            La imagen de España -y, por tanto, las interpretaciones de su historia- ha variado sustancialmente a lo largo de los años en razón de la misma evolución política, cultural y económica del país, y al hilo también, como es lógico, del propio debate historiográfico. Estereotipos (la imagen romántica), crisis históricas (el desastre del 98, la guerra civil de 1936-1939, el franquismo), frases afortunadas (oligarquía y caciquismo) o interpretaciones historiográficas (fracaso de la revolución burguesa, fracaso de la revolución industrial) pondrían el énfasis en el dramatismo de determinadas manifestaciones de la vida colectiva y conducirían a una visión extremadamente pesimista y crítica de la España contemporánea: España como problema; España, país dramático; España como fracaso. Todo ello integra lo que podríamos denominar la excepcionalidad española. Puede, sin embargo, defenderse con mucho mayor rigor una visión muy distinta: dicho con toda rotundidad, no admitir la misma idea de excepcionalidad española. En otras palabras, considerar a España como un "país normal". Ello no significa minimizar la gravedad de los problemas españoles en la historia: es demasiado obvio que el país no tuvo una evolución tranquila en los siglos XIX y XX, y que no se exagera cuando se interpretan algunos acontecimientos de ese pasado (y, ante todo, la guerra civil de 1936-1939) como tragedias o como naufragios o, en palabras menos enfáticas, como fracasos colectivos. Pero junto a ellos hubo también otras realidades: construcción del Estado, avances en la administración y el derecho, aprobación de códigos legales, organización de un sistema judicial independiente, aumento de la urbanización, articulación de la sociedad civil, y formas de vida y cultura modernas. Sin tomar en consideración estas otras realidades, entender cómo la sociedad, española ha logrado alcanzar su posición actual se convierte en un juego de prestidigitación.

Lo anterior es igualmente válido para la evolución económica. La ausencia en España de un proceso de industrialización durante el siglo XIX no es un elemento de excepcionalidad. La mayor parte de los países del Viejo Continente quedaron fuera del mismo. Y a pesar de los claros límites en la modificación estructural de la economía durante la centuria pasada, en la actual, los españoles han conseguido transformarla radicalmente incorporándose al limitado grupo de las sociedades desarrolladas, un resultado infrecuente en la historia económica del siglo XX. La equiparación en los niveles de renta por habitante con los existentes en los países más avanzados es, todavía hoy, un proceso inacabado, y ha demostrado estar plagado de dificultades. Pero aun con ello, considerada globalmente, la trayectoria durante la época contemporánea constituye, sin ignorar la gravedad de las dificultades que se plantearon, un resultado muy alejado de una ininterrumpida sucesión de fracasos.

Existen muchas razones para explicar esta evolución de la economía, distinta a la experimentada por los países más avanzados. Ninguna de ellas, sin embargo, debe buscarse en una particular forma de ser de los españoles que los haría menos predispuestos al trabajo, ni en unas diferencias en los parámetros centrales de su comportamiento económico respecto al resto de los europeos. Las causas deben buscarse en otro lado. Por mencionar sólo algunas, en el escaso empuje de los incentivos favorables a la inversión y la innovación ante la inestabilidad del marco institucional; en unos derechos de propiedad discriminatorios para quienes reinvertían los beneficios en el proceso de producción; en la escasa atención dedicada a la cualificación del trabajo; en las desventajas derivadas de una orografía, calidad de la tierra, climatología o posición geográfica poco favorables, o en la ausencia de recursos naturales, como carbón de calidad y agua, fundamentales para el crecimiento hasta bien entrado el siglo XX.

Tomada en su conjunto, pues, la historia de España durante los siglos XIX y XX, dista mucho de ser la historia de un fracaso. Por debajo de la conflictividad política y social, hubo, al menos desde mediados del siglo XIX, una revolución tranquila y lenta que, con las limitaciones que se quiera, fue cambiando el país, su economía, el Estado, las regiones. Además, lo sucedido en ella no fue inevitable: los hechos, las cosas -pronunciamientos militares, partidos, elecciones, el 98, Marruecos, hasta las mismas guerras civiles-, pudieron haber sido casi siempre de otra manera. Baste un solo ejemplo. El golpe de Primo de Rivera del 13 de septiembre de 1923 cambió el curso de la historia española. La dictadura militar trajo la República, y la República, la guerra civil de 1936-1939. De no haberse producido el golpe, o de haber fracasado -lo que, por lo que sabemos, pudo perfectamente haber sucedido-, todo habría sido distinto. De ahí que Raymond Carr, por ejemplo, lo considere como el hecho más determinante de todo el siglo XX español.

También la economía ofrece ejemplos numerosos de ello. Quizá ninguno más claro que las decisiones adoptadas durante el franquismo. La instauración de un Estado Nuevo basado en los denominados ideales del 18 de julio tras la guerra civil supuso una, abrupta y decisiva ruptura histórica. Las repercusiones económicas fueron tan negativas como destacadas, al pretender lograr la autosuficiencia frente al exterior, y aspirar también a sustituir los precios de mercado por los decididos en los despachos de la Administración. En el corto plazo, la política económica del franquismo dejó a España fuera de la primera fase del milagro económico europeo, condujo a la etapa de estancamiento económico más prolongada del siglo XX y sumió a buena parte de los españoles en el hambre y la miseria. En el largo plazo, la discrecionalidad de las autoridades, cuando no la pura arbitrariedad, aumentó considerablemente el peso de las actividades no competitivas, y, sobre todo, modificó profundamente las pautas de comportamiento de los agentes económicos, consolidando como elementos relevantes de la actuación de no pocos la especulación, el tráfico de influencias -disfrazado bajo justificaciones ideológicas- y, en bastantes ocasiones, la corrupción.

En el siglo XIX, España perdió su imperio ultramarino: la que había sido poderosa monarquía católica de los Habsburgo pasó a ser, de esa forma, una modesta nación con escasa influencia en el mundo. Desde entonces, España buscaría una nueva identidad colectiva, preocupación que tuvo su expresión en el debate (por ejemplo, tras el 98) sobre el problema de España como nación y su relación con Europa. Europa, desde la perspectiva española, significó construcción de un Estado liberal y eficaz y de una economía próspera y estable. Los logros frente a ambos retos, vista la cuestión en una perspectiva de largo plazo, no han sido escasos. Dicho de otro modo, el desafío de la modernidad no se ha saldado, en modo alguno, con un fracaso.

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Documento 00.3.1.3.

La historia de un país normal, pero no tanto 

BORJA DE RIQUER I PERMANYER TRIBUNA
Borja de Riquer i Permanyer es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona.
EL PAÍS | Opinión - 17-03-1998

 

 

            Los buenos libros de historia son aquellos que tienen capacidad de hacer reflexionar a sus lectores, ya que les sugieren visiones del pasado que, parcial o totalmente, difieren de aquellas a las que están acostumbrados. Si, además, eso se hace con rigor, con buen estilo narrativo y con excelente capacidad de síntesis, aún mejor. Éste es, sin duda, el caso de España, 1808-1996. El desafio de la modernidad, de Juan Pablo Fusi y Jordi Palafox, un libro de los que hacen pensar por la cantidad de argumentos e ideas que constantemente suministran. No es el objeto de este artículo hacer una reseña sobre el contenido de esta obra, por otra parte ya realizada en este periódico, sino plantear, haciendo uso de la probada capacidad de aceptación de la discusión científica que tienen Fusi y Palafox, un punto de vista discrepante de la tesis que ellos sostienen. El argumento central de estos autores es presentar la España contemporánea como un país europeo claramente homologable; "normal" es la palabra que utilizan. De este modo rechazan las tesis sobre la excepcionalidad del caso español, sobre todo cuando éstas están impregnadas de una interpretación claramente negativa y pesimista, y cuando se recurre a los conocidos tópicos del "fracaso", de las "frustraciones" o de "inferioridades" españolas. Ciertamente tienen razón Fusi y Palafox al denunciar la ausencia de autoestima, los excesos, casi masoquistas, en los que han derivado ciertas interpretaciones históricas sobre el caso español. Pero de ahí a plantear el otro extremo, a decir que éste ha sido siempre un país normal, en el que casi nada de lo que sucedió fue realmente excepcional, me parece que el salto es excesivo. Pero vayamos por partes. Fusi y Palafox sostienen la tesis de que la historia contemporánea de España, que a grandes trazos es semejante a la de la mayoría de países de Europa, tuvo que afrontar básicamente un doble desafío: la construcción de un Estado eficaz y liberal, y lograr una economía próspera y estable. Y que los más graves problemas vendrán siempre por ahí: de las dificultades para disponer de una Administración pública sólida y competente, y de las limitaciones, de todo tipo, que encontrará el desarrollo económico español.

Pienso que esta visión es un tanto restrictiva, y quizás en exceso "optimista", ya que minimiza la importancia de otros muchos factores que hicieron de la situación española un caso realmente peculiar y que hipotecaron, hasta hace muy poco, su auténtica homologación a las pautas europeas. Intentaré exponer, en forma casi telegráfica, los factores que, en mi opinión, supusieron la clara "anormalidad" del caso español en la época contemporánea.

1. La debilidad política del propio liberalismo decimonónico, evidenciada por la fragilidad de las propuestas civilistas frente a un militarismo extremadamente poderoso. El protagonismo de los militares en la vida política española del XIX y del XX no tiene demasiados símiles europeos.

2. La existencia de un excepcional movimiento antiliberal, el carlismo, que no sólo provocó tres conflictos civiles en el siglo XIX, sino que incluso estuvo presente en la guerra civil de 1936-1939. Es decir, que persistió más de un siglo, cosa que no sucederá, por ejemplo, ni con el miguelismo portugués ni con el legitimismo francés.

3. La débil nacionalización de los ciudadanos a lo largo del siglo XIX, resultado no sólo de las precariedades del propio Estado liberal, sino también de la ausencia de un proyecto nacionalista español con capacidad de generar un amplio consenso.

4. La pérdida de todo el imperio colonial, en dos fases (1824 y 1898), cuando la "norma" europea era lo contrario.

5. El hecho de que el "desastre" de 1898 acabara provocando una grave crisis de identidad, por lo que España entró en el siglo XX pasando de la consideración de "imperio arruinado a nación cuestionada", situación del todo peculiar en el ámbito europeo.

6. El que España fuera el único país europeo en el que surgirán a finales de siglo movimientos nacionalista, precisamente en las áreas más dinámicas y desarrolladas (Cataluña y el País Vasco). Y el hecho de que estos movimientos se desarrollen notablemente a lo largo del siglo XX hasta convertirse en las fuerzas políticas mayoritarias en estos territorios, fenómeno sin parangón en la Europa actual.

7. Que España tenga una casi nula presencia e influencia en la vida europea contemporánea: que desde 1814 no intervenga en ninguno de los numerosos conflictos continentales, y que hasta hace poco no pertenezca a ninguna alianza ni diplomática, ni militar o ni económica. El aislamiento europeo de España fue superior incluso al de Portugal y Grecia.

8. España es el único caso europeo de un país que en pleno siglo XX sufre una sangrienta guerra civil, de 30 meses de duración, que acabará provocando una profunda ruptura interior.

9. El franquismo será el único régimen fascista de Europa nacido de una guerra civil. Además, el régimen de Franco tendrá una duración excepcional (casi el doble que el régimen de Mussolini y el triple que el de Hitler) y sólo desaparecerá tras la muerte del dictador. A Franco no le sobrevivió ni Salazar.

10. España sólo se incorporará a los regímenes democráticos europeos de forma definitiva en la penúltima fase democratizadora: es pertinente recordar que la primera fase es de antes de 1914; la segunda tuvo lugar en 1918; la tercera, en 1945; la cuarta, en 1974-1977, y la última se ha producido a partir de 1989.

Pienso que estos hechos, y otros factores de carácter económico, social y cultural que podríamos añadir, son tan peculiares y se salen tanto de la "norma" europea, como mínimo de la europea occidental y meridional, como para recapacitar un tanto y reflexionar más prudentemente sobre la "normalidad" de nuestro pasado. Las cosas fueron como fueron, y a los historiadores nos compete explicar por qué se produjeron así, sin restarles ni su importancia ni su singularidad. No es fácil, ciertamente, establecer lo que pudiera ser la "norma" europea, dada la evidente variedad de itinerarios históricos que se observan en el continente. Ahora bien, tampoco me parece que la solución sea sustraer relevancia y excepcionalidad a unos sucesos tan poco comunes como los 10 antes citados. Sin duda, la discusión está servida y el tema da para mucho, pero frente a la tesis de la normalidad europea de España, yo me quedo con aquella frase con la que Ramón Carande definía lo que, en su opinión, había sido la historia de España de los siglos XIX y XX: "Demasiados retrocesos".

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Documento 00.3.1.4

Reflexiones sobre la historia de España
JOSEPH PÉREZ

EL PAÍS  -  Opinión - 07-09-1999

Después de publicar, en francés, mi Historia de España y de comprobar el éxito del libro, creo oportuno señalar cuál ha sido el origen: en primer lugar, creo que conviene saber que ha sido una obra de encargo. Desde que España se incorporó plenamente en la Comunidad Europea y volvió a desempeñar en el mundo el papel que le corresponde por su contribución a la civilización occidental, se ha incrementado en Francia el interés por lo que pasa a este lado del Pirineo y el deseo de comprender la evolución de España desde que dejó de ocupar el primer puesto en la escena internacional. La editorial Fayard estaba preocupada, de algunos años a esta parte, por la carencia en francés de un libro serio sobre España, lo cual no era estrictamente exacto: disponemos de un librito que yo siempre recomiendo como la mejor historia de España en francés, la de Pierre Vilar. Tampoco han faltado en Francia los hispanistas. Sus trabajos han permitido avanzar en el conocimiento de la historia, de las literaturas y de las lenguas de España. Pero es verdad que demasiadas veces tales aportaciones no salen del círculo estrecho del mundo universitario. Así se explica el encargo que se me hizo de escribir un libro para que se enteren en Francia de lo que era en realidad la historia de España. La petición de que escribiera este libro vino a estimular el deseo que yo tenía de ofrecer al público francés mi propia visión de España. He tenido la suerte de recibir las enseñanzas de dos grandes maestros cuando comencé mis estudios hispanistas: Marcel Bataillon y Pierre Vilar. El primero se dedicaba a los aspectos filológicos, literarios y espirituales. El segundo es un magnífico conocedor de la teoría y de la historia económica, sin descuidar otras facetas, como la historia política y la evolución del pensamiento. De ambos he aprendido a enfocar los temas relativos a España en una perspectiva muy amplia, relacionándolos con lo que ocurría en el resto de Europa y del mundo. Durante 40 años me he dedicado a la enseñanza en una universidad francesa y me he esforzado por presentar a mis alumnos -futuros hispanistas o profesores de español- una interpretación distinta de la que tantas veces conocían por la lectura de periódicos, por la televisión o por el cine. El resultado de aquellas dos circunstancias -el encargo editorial y la experiencia adquirida en la docencia- es mi Historia de España. Con excepción de los capítulos sobre los Reyes Católicos y sobre el siglo XVI -en los que me han servido mis propias investigaciones-, he aprovechado los trabajos de los historiadores españoles y de hispanistas extranjeros, sobre todo franceses e ingleses. En este sentido, mi libro enseñará poco a los especialistas universitarios. Lo que he procurado es, por una parte, establecer los datos, poniendo nombres y fechas cuando era necesario hacerlo, y, por otra parte, proponer una explicación coherente de lo que ha ocurrido en la Península desde el siglo VIII, es decir, desde la invasión musulmana.

¿Cómo veo la historia de España? Puedo contestar a esta pregunta con una frase: España, desde luego, tiene sus rasgos específicos, pero, en conjunto, su desarrollo histórico no se aparta de la línea general que han seguido las demás naciones europeas. En esto discrepo de lo que se viene repitiendo desde el siglo XVIII hasta hace poco. Durante varios siglos, la historiografía anglosajona difundió la idea de que la civilización moderna -el desarrollo técnico y económico, la ciencia, el progreso, la tolerancia... - era hija de la Reforma protestante, y que las naciones latinas (Francia, España, Portugal, Italia), quedaban incapacitadas para integrarse plenamente a la civilización moderna. Hubo franceses y españoles que compartieron esta idea. Bastarán dos ejemplos: en Francia, el político e ideólogo Guizot; en España, nada menos que Manuel Azaña, quien llegó a decir que "durante nuestro sueño, las demás naciones han inventado una civilización, de la cual no participamos, cuyo rechazo sufrimos y a la que hemos de incorporarnos o dejar de existir". Hoy en día, los historiadores han matizado y revisado aquellas perspectivas. La distinta orientación que tomaron, a partir del siglo XVII, las naciones de Europa ya no se atribuyen exclusiva ni principalmente a motivos religiosos, raciales o ideológicos, sino a causas mucho más complejas.

Creo que fue don Antonio Domínguez Ortiz el primero en reaccionar contra la tesis de las dos Españas irreconciliables, cuyo enfrentamiento llenaría los anales de la historia por lo menos desde el siglo XVIII. No pretendo que sea falsa la idea, pero la verdad es que lo mismo cabría decir de todas las naciones. En todas existe diversidad de pareceres sobre la manera de organizar la sociedad, y sólo en circunstancias excepcionales llega esta diversidad a provocar tensiones violentas y dramáticas. Basta con repasar someramente la historia de todas las naciones europeas para encontrar ejemplos de esta diversidad. O sea, que España no me parece, en este sentido, constituir ninguna excepción, y coincido totalmente con la tesis que acaban de exponer Juan Pablo Fusi y Jordi Palafox en su reciente libro: España: 1808-1996. El desafío de la modernidad, sólo que yo extendería la tesis a periodos anteriores al siglo XIX: España es un país normal, con formas de vida y cultura homologables con las de otros países europeos, por lo menos desde finales de la Edad Media.

Antes sí que se da en la península Ibérica una situación excepcional con respecto a la cristiandad europea. Esto se debe a la invasión musulmana, pero precisamente todo el esfuerzo de los españoles durante siglos fue dirigido a reincorporarse cuanto antes al mundo occidental y evitar a la Península el destino del norte de África. Es decir: el de unas provincias romanizadas y cristianizadas que acaban formando parte del mundo islámico. Este esfuerzo de varios siglos es el que se conoce con el nombre de Reconquista y ha dado algún fundamento a una tesis, a mi modo de ver, exagerada.

Hacia 1950, en una interpretación brillante, Américo Castro expresó la idea de que España desde la Edad Media siguió otro rumbo que el resto de Europa. Castro ha acertado al destacar la importancia que tuvieron en la formación de España la influencia del islam y la presencia de una importante minoría judía. Pero él y, más que él, algunos de sus discípulos han sacado de aquellos hechos consecuencias que creo excesivas: la idea de que la idiosincrasia de España es radicalmente distinta de las demás naciones europeas.

La obra del profesor José Antonio Maravall representa un gran hito a la hora de enfocar la historia de España dentro de una perspectiva europea. El profesor Maravall tuvo en cuenta las notas específicas de España, pero mostró también cómo su evolución sigue las pautas de lo que ocurre en el resto de Europa, con las matizaciones que exige tal planteamiento. La Inquisición, por ejemplo, es la forma española de una intolerancia desgraciadamente común a toda Europa. La ausencia de un desarrollo económico, a pesar de las remesas de Indias, también tiene su explicación: nada en el temperamento de los españoles les impide participar de lleno en las actividades económicas. Son las circunstancias las que contribuyeron a transformar a España, a finales del siglo XVI, en una nación de rentistas más que de empresarios, pero estas circunstancias no son exclusivas de España; en Francia también, por ejemplo, por las mismas fechas, se perciben los efectos de la mentalidad hidalguista. Se podrían citar muchos otros ejemplos al respecto.

Se me dirá que estoy combatiendo la leyenda negra antihispánica. Sí y no. Yo tengo la impresión de que son los mismos españoles los que han contribuido a difundir la leyenda negra, al insistir con excesivo masoquismo sobre determinados aspectos del pasado de su patria: la expulsión de los judíos y de los moriscos, la Inquisición, violencias en la conquista de América... Cada nación tiene en su historia sus páginas negras, pero en general se las considera como acontecimientos que pertenecen a un pasado histórico que no tienen por qué empañar definitivamente la imagen de la nación. En Francia, sin ir más lejos, las matanzas del Terror revolucionario y de la Comuna de París han sido tan tremendas como las guerras civiles que ha conocido España; la expulsión de los protestantes durante el reinado de Luis XIV fue posiblemente más horrorosa que la expulsión de los judíos de España, etcétera. Ningún historiador francés oculta aquellos hechos, pero tampoco se le ocurre a nadie concluir que Francia queda definitivamente descalificada por ello. Lo mismo cabría decir de Inglaterra y Alemania y de casi todas las naciones. Los españoles tienen que reaccionar ante su propia historia, asumiendo los episodios negativos como cosas que pertenecen al pasado histórico, sin que por ello haya que olvidar los episodios positivos, que también los hubo, y muchos. No se trata, pues, de ocultar las páginas negras, y menos aún de oponerles una leyenda rosada, sino de exponer los hechos, todos los hechos, enfocándolos en una perspectiva histórica. Así es como se puede llegar a una visión objetiva de lo que fue una nación. Esto es lo que he procurado hacer en mi Historia de España.

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Dos artículos recientes sobre el revisionismo.

Documento 00.3.2.1

Mirando en derredor con ira
LUIS GOYTISOLO

EL PAIS  |  Opinión - 03-07-2004

Por lo que parece, España sigue doliendo en más de un sentido a una parte de sus ciudadanos. Yo voy a referirme aquí, exclusivamente, a quienes les duele como pueda doler un zapato viejo, a la vez cómodo e incómodo con sus pliegues formados por el uso. Es decir, aquel para quien hablar de España es sinónimo de repulsa, sea en forma de lamentación sea en forma de improperio. En los años del tardofranquismo, el resistencialista era precisamente eso: un hijo o nieto de Ortega o de Unamuno que, antes que luchar de un modo u otro contra la situación de la que se lamentaba, esto es, el régimen de Franco, tenía suficiente con dolerse del triste sino de España, tan distinto de los países europeos de su entorno, a los que tantos de sus hijos se habían visto obligados a emigrar. ¡Pobre España! ¡Qué desastre de país! ¡Un país sin posibilidad de arreglo! Eso, por aquel entonces. Y ahora, gentes que por razones de edad poco saben del franquismo y menos aún de los resistencialistas, de quienes sin embargo son hijos o nietos, no parece sino que hayan reactivado el viejo discurso. De ahí su sorpresa y desconcierto ante el hecho de que el Gobierno de Rodríguez Zapatero, pese a su repudio de todo lo realizado por el de Aznar, parezca también empeñado, de acuerdo con fórmulas propias, en buscar lo mejor para España. Como si valiera la pena el esfuerzo. Como si la propia palabra España no tuviera, qué sé yo, algo como de facha.

¿Jóvenes airados? Yo no diría eso. Como es sabido, los personajes de la obra de John Osborne, Mirando hacia atrás con ira, lo que en el fondo reprochaban a sus padres era que les hubieran legado la decadencia del Imperio en lugar de un Imperio. Y en el caso que nos ocupa, el planteamiento es otro: si algo se reprocha es, precisamente, la pretensión de que España deje de ser un constante motivo de lamentaciones. De la misma forma que la muerte de Franco llenó de pánico en su momento a un buen número de resistencialistas, el que algún día no hubiera motivo de lamentación o improperio respecto a España o al hecho de ser español llenaría de zozobra a una buena parte de esos tataranietos de Unamuno que miran en derredor con ira.

Y es que, para ellos, si la España presente es un desastre, su pasado es ya el colmo. Un pasado de intolerancia, de expulsiones, de inquisiciones. Tras barrer de arriba abajo a cuantos musulmanes pudiese haber en la Península, la emprendimos con América. Una conquista que supuso poco menos que un genocidio y la desaparición de valiosas culturas diferentes. Luego, la decadencia, los fracasados intentos de regeneración republicana y, para postre, el franquismo. Y en ésas estamos. Una situación que no hacen sino ratificar los diversos seriales televisivos de carácter costumbrista: un pueblo de gente iracunda, gritona y mal hablada, tan corta de alcances como bastorra, choriza, resabiada y cabreriza, además de embotada por el consumo. Desde luego, de ser yo un extranjero en tránsito, a la vista de esos seriales y de creerlos representativos de la realidad social española, tomaría el primer avión que me llevara lo más lejos posible de semejante país. Pero el caso es que no soy un extranjero en tránsito ni creo que, afortunadamente, la sociedad reflejada por esos seriales responda a la realidad. Del mismo modo que la Reconquista fue un proceso de recuperación del territorio, como tantos otros que conoce la Historia, y que la conquista del continente americano fue un proceso de colonización también como tantos otros. Mejor dicho: más respetuoso que otros con los pueblos colonizados, en la medida en que con un mayor o menor mestizaje, esos pueblos forman la población presente, en vez de subsistir a modo de reliquia del pasado.

España cuenta con un siglo XIX en verdad miserable y, durante las décadas centrales del siglo XX, con una de las dictaduras más opacas que han existido. Pero lo cierto es que no hay país libre de miserias. Claro que los hay más diestros que nosotros en pasar página sobre los episodios desagradables de su pasado. Y no hablo ya del pasado colonial de países como Inglaterra, Francia, Portugal, Holanda o Bélgica, sino de hechos mucho más recientes, posteriores casi todos a la Guerra Civil Española. En el caso de Francia, por ejemplo, no ya el recuerdo de que París fuera ocupado por los alemanes tres veces en menos de setenta años, sino el hecho de que la ocupación propiamente dicha pueda ser entendida como una guerra civil entre la Francia colaboracionista y la Francia de la Resistencia; o, más recientemente todavía, la realidad de que De Gaulle -un gran estadista, pero eso es otra cuestión- llegase al poder a impulsos de un verdadero golpe militar contra la IV República. ¿Qué dirían, cabe preguntarse, nuestros neorresistencialistas de ser franceses en lugar de españoles? O de contar, si fueran italianos, con un pasado presidido por Mussolini, el Berlusconi de los dictadores. O, de ser alemanes, el que hasta el cine les recordara incesantemente el nazismo, las decenas de millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto. O ingleses, recién salidos del declive más vertiginoso de la Historia. O americanos, ciudadanos del mismo país que si no dudó en utilizar armas nucleares contra la población civil japonesa -hoy día, los responsables del bombardeo serían considerados criminales de guerra-, desde entonces no ha dejado de intervenir aquí y allá con diversos pretextos (Corea, Vietnam, Libia), y en la actualidad, y como mínimo hasta noviembre, el poder se halla en manos de unas personas que además de fundir y confundir armamento, fanatismo religioso y negocio, han visto sin duda demasiadas películas.

¿Que al margen de todo ello algún tipo de singularidad distingue a España? Sin lugar a duda. Buena prueba de ello es la existencia de esos neorresistencialistas, cuya actitud, a mitad de camino entre la lamentación y el improperio, buscaríamos en vano en otras latitudes. No sabría yo decir a ciencia cierta, por otra parte, cuál es la causa, a qué responde el fenómeno. A la consabida falta de tradición del pensamiento crítico, desde luego; el pensamiento es algo que entre nosotros se ha dado más bien de forma sesgada, a través de la creación literaria y artística. En este sentido, la expulsión de los judíos pudo ser decisiva, visto el papel que a este respecto han desempeñado en las restantes sociedades europeas. Pero esa expulsión es, a su vez, fruto de una mentalidad, la mentalidad de unas gentes aplicadas durante siglos a la empresa de la Reconquista. Y es que si la Conquista del Oeste dejó una huella indudable en el pueblo americano, la Reconquista hizo lo propio en los diversos pueblos de la Península. Una experiencia, por cierto, completamente ajena a los restantes pueblos europeos.

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Documento 00.3.2.2

 

El revisionismo histórico español
JAVIER TUSELL
 

EL PAIS  |  Opinión - 08-07-2004

Revisar es un verbo que necesariamente conjugan cada día los historiadores. La Historia, en definitiva, es una aventura intelectual, por fortuna llena de sorpresas, en la que cada generación e incluso cada individuo se pregunta a partir de una serie de premisas colectivas e individuales. Ningún calificativo más inapropiado para la Historia que el de "definitiva". Geyl aseguró que la investigación histórica consistía en un debate sin final y Veblen llegó a la conclusión de que cualquier investigación en ciencias sociales empezaba con una pregunta y concluía al menos con dos.

Pero una cosa es revisar y otra muy diferente el "revisionismo". Todo historiador parte de unas fuentes primarias y logra una interpretación original que se escribe en el hipertexto de nuestros conocimientos y que sin duda será objeto de reconsideración. El "revisionista" actúa de otro modo. No parte de preguntas, sino de seguridades o de presunciones. No acude a las fuentes primarias, sino a las secundarias que pretende elaborar con originalidad. Lo hace, sin embargo, con extravagancia acudiendo a interrogantes inapropiados que remiten a la posición partidista que ya ha adoptado. Elude la técnica del historiador y por eso suele magnificar el dato irrelevante para sus propios fines o tomar la parte por el todo. Huye de matices porque lo suyo es el dualismo maniqueo, la simplificación o la parcialidad. Ansía la polémica porque parece concederle el privilegio de una posición innovadora o situarle en idéntico plano de los profesionales de la Historia.

En España ha aparecido un revisionismo histórico en los últimos tiempos que siempre ha movido a la duda acerca de si merecía la pena dedicarle alguna atención. Lo cierto es que, en términos de ciencia histórica, rotundamente no es así, pero quizá la respuesta debe ser positiva en cuanto denota un deslizamiento de la derecha social y política hacia un neoconservadurismo radical. Consigue cierto éxito entre un público lector, poco propicio a sofisticaciones, pero de ahí no deriva su peligrosidad. Ésta consiste en difundir una serie de presunciones que en nada facilitan la convivencia.

Tomemos un ejemplo reciente. César Vidal ha escrito, junto a multitud de páginas sólo explicables por la necesidad de supervivencia, libros que resumen, en términos de divulgación, algunas cuestiones importantes de la Historia del siglo XX español. Pero en los últimos tiempos se ha lanzado a una desbordada actividad que le llevan a tratar desde las reinas de España hasta el enfrentamiento entre el Islam y España y las checas en el Madrid del Frente Popular. Este último es un libro insostenible no sólo por las innumerables páginas de relleno, sino por la carencia de cualquier capacidad crítica para abordar el número de ejecutados de forma sumaria entonces. Pero el libro fue utilizado como ariete nada menos que contra los portavoces del PSOE en la Asamblea de Madrid durante la lamentable comisión de investigación del verano pasado.

Pío Moa es también autor prolífico y alejado de los medios académicos con los que mantiene vanamente la pretensión de polemizar. Claro está que es muy difícil hacerlo. Puede, como en su último libro, tomar una parte de la verdad y montar una tesis por completo desmesurada y que nos devuelve a los años cuarenta. Empieza, por ejemplo, por considerar que la CEDA no era nazi, para llegar a la conclusión de que la Guerra Civil comenzó por culpa de la izquierda en octubre de 1934. Pero, además, presume una conspiración desde comienzos de siglo de izquierdistas y nacionalistas y dice descubrir su capacidad destructiva... ¡en una sociedad secreta! Pero semejante extravagancia tuvo su eco en el calificativo "masónico" que Jiménez Losantos otorgó al discurso de investidura de Zapatero.

José María Marco escribe bien y puede dar la sensación en ocasiones que con mayor fundamento que los antes citados. Pero en sus dos libros más conocidos plantea una especie de enmienda a la totalidad contra un sector de la vida española de comienzos del siglo XX que resulta más respetable: el mundo intelectual liberal. Habrían sido ellos los principales responsables de la destrucción del liberalismo de la Restauración, descrito en unos términos idílicos que no compartirían siquiera sus propios protagonistas. Ahora bien, la última presencia de Marco en el mundo editorial no se refiere a estas cuestiones, sino a haber sido el redactor del reciente libro del presidente José María Aznar.

En el trasfondo de las posiciones defendidas por estos autores hay, por supuesto, una interpretación política de consumo inmediato. No brilla, en cambio, una labor previa de trabajo en los archivos, unas preguntas coherentes con el conjunto de nuestros conocimientos, ni siquiera la mínima voluntad de saber. Todo consiste en culpar desde tiempos remotos a la izquierda -y los nacionalismos- de una actitud revolucionaria con resultado totalitario y exterminador del adversario. Y claro está que, puestos a simplificar, lo mismo podría argumentarse de la derecha. Lo abracadabrante es utilizar éste de argumentación histórica -e insostenible como tal- para la batalla política diaria y actual. A partir de su uso la convivencia es imposible.

Y claro está que también es posible partir de presunciones contrarias con el mismo resultado. Hubo un momento en que determinado tipo de ensayismo pretendió que los modestísimos regímenes liberales en realidad ocultaban dictaduras de supuestos "bloques dominantes de poder" de una burguesía incompatible con la libertad. Pero puestos a errar, también esos revisionistas hacen una interpretación absurda de lo que juzgan como tendencias dominantes de la historiografía española actual. Es por completo absurdo juzgarla por una especie de izquierdismo elemental que partiera de presunciones como las expuestas o que, por ejemplo, juzgara que la segunda República fue un régimen político ideal del que hubiera que tomar ejemplo la clase política de la transición. O que Franco careció de cualquier apoyo social y su triunfo en la Guerra Civil se explica sólo por la ayuda de Hitler y Mussolini. Ni siquiera en los momentos, transcurridas ya tres décadas, en que la desfalleciente dictadura había perdido la batalla en el mundo actual tamañas simplificaciones fueron tomadas muy en serio por más que tuvieran éxito editorial. En un libro plagado de errores y sobre el que sólo un excepcional grado de bondad permite correr un tupido velo, Ramón Tamames ofreció una versión que algo tenía que ver con lo expuesto. Hoy nadie se acuerda de él, supongo que ni su propio autor, que ha tenido el tiempo suficiente para galopar de la izquierda a la derecha.

Si merece la pena traer a colación el "revisionismo" es, en primer lugar, para advertir su conexión con un cuerpo de doctrina que cada día parece más rotundo e inasequible a las fisuras. Es un neoconservadurismo que lleva también, por ejemplo, no tanto a un norteamericanismo fervoroso como a una identificación absoluta e impenitente con Bush. Pero ésa es para la derecha española una senda que proporciona certidumbres graníticas pero de una insolvencia extrema. Quien tome en serio esos libros no es que sea un amante de originalidades excesivas, sino que viste intelectualmente de prodigioso hortera. Alimentarse de estas premisas intelectuales descubre, ante todo, inviabilidad respecto de las propias opciones políticas.

Pero hay que tener en cuenta que el "revisionismo" no se queda en estos casos extremos, sino que ha tenido su reflejo en áreas más amplias, incluso aquellas de las que cabría presumir mayor seriedad. No es tan peligroso que un periodista presente una colección documental sobre la Guerra Civil con un prólogo en que pretende que las "banderías" de los vencidos son la razón única de su derrota. Tampoco que un historiador extravagante asimile el PNV a los compañeros de viaje de los nazis. En cambio, parecen más estremecedores dos casos recientes. Al margen de la calidad de sus asesores, la mediocre serie televisiva Memoria de España fue presentada como la demostración de la existencia de un pueblo común desde tiempos remotos, en directa correspondencia con el planteamiento electoral de quienes estaban en el poder hasta marzo pasado. Y un brillante escritor como Jon Juaristi ha dedicado su último libro, farragosa enumeración de leyendas medievales, a "la reconstrucción del imaginario español", "condición necesaria para la existencia de la nación española". Como si no supiéramos que los Estados-nación no tienen su origen, sino mucho después en el siglo XVIII.

 

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Documento 00.3.2.3

 

¿Quién tiene miedo de la Historia de España?

EDUARDO SUBIRATS

TRIBUNA LIBRE. El Mundo 11 de marzo de 1994



Una cuestión simple. ¿Qué sabe el español medio de su Historia? Y no hace falta ir muy lejos para encontrar respuestas. Este español medio ha recibido una visión impuesta, falsificada, torpe de su propia Historia, como se ha dicho ya tantas veces. Pero a los hitos de un pasado heroico que prodigó el catolicismo español en las décadas de la dictadura franquista no le ha seguido precisamente el renacimiento de una historia crítica.

La democracia española abrió una nueva era bajo el dudoso signo del olvido compulsorio de la era que le precedía. La larga noche de la dictadura nacionalcatólica pasó como si nunca hubiera existido. Sus mitos nacionalistas nunca han sido cuestionados, sino más bien sumariamente sustituidos, y a la mayor celeridad precisamente, por otros mitos históricos: el de los micronacionalismos milenarios. Sus identidades arcaicas han suplantado cualesquiera otras reflexiones sobre su historicidad española. Luego vino el Centenario. Y nadie quiso recordar que su quinta versión pudiera anunciar algo similar a lo que anticipó su versión cuarta: la mayor crisis económica, la corrupción y el desastre nacional del pasado «fin de siècle». Ni siquiera o, más bien, tampoco en esta ocasión conmemorativa se permitió la menor reflexión histórica. La burocracia de la Exposición de Sevilla encargó los pabellones de la Historia a una firma francesa. Se podrían contar algunas anécdotas chuscas sobre sus preparativos historiográficos. El periódico que entonces representaba de manera oficiosamente oficial el Estado español, encomendó con notorios títulos de ejemplaridad la elaboración de los correspondientes artículos históricos, para ensalzar la efeméride española a un equipo norteamericano de especialistas de la Universidad de Princeton.

La conciencia intelectual española ignora su pasado. Esta queja, sin embargo, ya viene de lejos. Puede o deben recordarse algunas incómodas citas. Zambrano mencionaba, en su Hora de España, el horror que el español sentía en general por su propia Historia: horror a algo terrible y oscuro que instintivamente intuía en su colectivo pasado. Interesante su testimonio. Este miedo al pasado lo ponía Zambrano precisamente al lado del entonces naciente fascismo español. Laín Entralgo, en los escritos falangistas de sus años heroicos, ensalzaba una regeneración de la España eterna a espaldas de cualquier conciencia histórica crítica. Se trataba de sustituirla por los esperpentos de mitos arruinados. Menéndez Pidal, algo más tarde, señalaba que la ausencia de memoria histórica había estigmatizado a todos los reformismos españoles. Y de manera general me parece que se ha vuelto obvia y natural la costumbre de encomendar la investigación de nuestro pasado a los especialistas extranjeros. En materia de Historia propia también: ¡que inventen ellos!

El cambio democrático de la sociedad española hubiera debido de implicar una revisión de tradiciones y tradicionalismos, un planteamiento crítico de la Historia y sus poderes heredados. Vana esperanza en realidad. Desde la polémica obra historiográfica de Américo Castro, cuyos renovadores designios fueron rápidamente enterrados con las argumentaciones más chapuceras y más torpes, nuestro pasado ha dejado de ser para nosotros tema interesante de discusión. Quizás se pueda mencionar una importante novela a título de ejemplo. Benet y sus Herrumbrosas lanzas, un maravilloso experimento literario que supo reducir microrrealísticamente por microalucinatoriamente la historia de la Guerra Civil española a una infinita serie de anécdotas paródicas insignificantes desde el punto de vista de una conciencia histórica crítica y de una necesaria revisión crítica del pasado. Todo parece estar claro.

Ciertamente todo se pintó muy claro bajo el cielo de quiméricos esplendores que adoraba la arrellanada inteligentsia española del cambio: no crítica histórica del pasado español, reciente y no reciente, sino «tabula rasa» de la memoria y culto trascendente al mañana mejor. Quizás por eso se gustaba llamar aquélla una generación progresista. No la conciencia crítica de la Historia y la sociedad española, sino la modernización como un objetivo exterior fue su empeño. Y su santo y seña fue, por ello mismo, una filosofía moral, lo suficientemente perezosa por otra parte como para limitarse a remozar chapuceramente algunos detalles de su edificante pasado glorioso de breviarios y catecismos. ¿Cuáles fueron las claves intelectuales de la transformación de la sociedad española, de la nueva cultura española, de la nueva imaginería política nacional? La imaginación ética y el reino de una buena voluntad, es decir las fantásticas intenciones de la generación que tomaba heroicamente un poder de corte carismático y premoderno, en nombre, sin embargo, de la modernización y de la modernidad, amparándose en las reglas de juego del «design» multimediático y la estetización del poder bajo sus posibles o sus oportunísticas formas.

El fracaso de este reino trascendente de una modernidad aplastada por sus propias ambivalencias históricas en nuestro país es hoy, visiblemente, la clave de los resurgentes nacionalismos y de los fenómenos de degradación social que ya lo jalonan: las segregaciones sociales, la xenofobia, el racismo, los neofascismos, y hoy ya una callada pero eficaz y quizás creciente connivencia con las nuevas guerras posmodernas.

El estudio y la discusión de la propia Historia, en un sentido local o un sentido teórico más general, no es el remedio de todos los males presentes y por venir. Pero sí es la única vía de reconocimiento y de transformación profunda de nuestra realidad actual. No el discurso elocuentemente trascendental de una filosofía española que, a juzgar por los nombres más relevantes de los años ochenta, y sus formaciones académicas e institucionales, no ha conocido ni reconocido una auténtica reforma del entendimiento en un sentido moderno (no ha pasado, por decirlo en otras palabras, de la maravillosa retórica de Ortega).

Se trataría más bien de la menos confortable reconstrucción histórica de nuestros caminos perdidos del pasado, sus esfuerzos y sus caídas, sus pasos atrás y sus olvidados proyectos.

EDUARDO SUBIRATS es filósofo, profesor visitante de la Universidad de Princeton.

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Documento 00.3.2.4

Una revisión pendiente de la Historia de España

 EDUARDO SUBIRATS

TRIBUNA LIBRE. El Mundo 22 de Noviembre de 1994


SE ha repetido la frase muchas veces, y particularmente estos últimos años de memoria histórica estatalmente manipulada, administrada y exhibida: ¡El descubrimiento del continente americano señala el comienzo de la Modernidad! Concebido como eslogan publicitario, este sumarísimo juicio ha acabado por amortiguar el ambivalente sentido que en su concepto encierra. Sin duda, el Descubrimiento señala el origen de la Modernidad. Pero el descubrimiento de América revela asimismo esta modernidad como un proyecto ambiguo y conflictivo. La palabra descubrimiento quería decir, ciertamente, maravillosos viajes de ultramar, y las aventuras del conocimiento empírico-racional que con ellos se embarcaban. Significaba la victoria de la aventura del conocimiento, de la expansión tecnológica de la ciencia renacentista. América significó, al mismo tiempo, el triunfo de la conciencia cristiana, su implantación universal, los comienzos de una edad de la razón subjetiva, su expansión por el orbe. Pero la era de los descubrimientos, de la expansión misionera y militar del cristianismo, y del poderío tecnológico y económico europeo con ello fue, al mismo tiempo, una edad de destrucción.

El filósofo español Luis Vives escribió en el siglo XVI desde su exilio: «Construir un imperio hoy significa elevar un mundo de ruinas para mañana». Era la expresión del humanismo crítico renacentista frente a la política expansionista de la Iglesia romana y las guerras de religión de las monarquías europeas que al fin y al cabo celebran en la fecha simbólica de 1492 su acta emblemática de nacimiento. Esta posición intelectual del humanismo crítico, tan difícil ciertamente en el siglo de los descubrimientos y conquistas de ultramar, como lo es hoy, nos debe hacer pensar en la posibilidad de una actitud intelectual y pública diferente al diktat de las burocracias políticas que pretenden definir nuestros destinos, y el miedo y la ignorancia intelectuales que lo secundan.

Celebrar el 12 de octubre y elevar esta fecha además a emblema nacional de identidad es una falacia, una falsedad: precisamente por este carácter ambiguo y complejo que encierra la fecha en cuestión. Pero además es un error porque perpetúa, bajo este simple valor emblemático, la continuidad de un ideario arcaico, represivo y totalitario de poder político.

En vano se pretenden soslayar sus demasiado palpables signos. La destrucción de las culturas árabe y judía y la guerra interna y exterior contra los valores de la Reforma y las reformas político-religiosas europeas del siglo XVI en España fueron las condiciones elocuentes de la construcción del primer imperio intercontinental que nace y se celebra con esta fecha. Fueron también los signos premonitorios de la liquidación brutal, al otro lado del océano, de civilizaciones milenarias en el período sorprendentemente corto de unos pocos años, del genocidio de las poblaciones indígenas, de la violación masiva de sus mujeres, como principio estratégico del mestizaje, del comercio de esclavos, de la destrucción ecológica del continente americano.

En general, la historia política y cultural española que envuelve el proceso colonial americano, y la «marcha de la razón en la historia» en el sentido ilustrado y moderno del progreso (el que definieron las ciencias del Renacimiento, el humanismo filosófico, la Reforma protestante, o la Ilustración filosófica y científica europea) han sido comprendidos y, en gran medida, siguen entendiéndose como dos universos distantes, cuando no radicalmente opuestos entre sí. El brutal dilema que Hegel describió en su Filosofía de la Historia, entre el significado exterior de la expansión territorial del catolicismo español en el Renacimiento, y la infinitud espiritual de la interioridad protestante, contra la que aquél desplegó todo su poderío militar, no es más que un paradigmático ejemplo.

La historia española arroja la situación paradójica de su centralismo geo-político y su marginalidad civilizadora. Estos dos aspectos contradictorios se revelan en un análisis más minucioso como las dos caras de una misma medalla. El mismo discurso histórico que articuló el papel «providencial» de la corona española en el siglo XVI (su expansión universal en nombre de la cruz), desplazó radicalmente de la cultura española a aquellas reformas religiosas y científicas del Renacimiento bajo las que cristalizó la Europa ilustrada, industrial, revolucionaria, en fin, moderna.

No la celebración; tampoco la monumentalización. Es preciso más bien plantear una perspectiva diametralmente opuesta. Es preciso reformular y reformar nuestra memoria histórica de una manera reflexiva y crítica. Esta soslayada y todavía hoy impedida reforma (impedida por una acción administrativa y al mismo tiempo por las rutinas del tradicionalismo hispánico consolidado en la mediocridad de nuestra vida académica e intelectual) tiene que pasar necesariamente por dos hitos muy importantes. El primero es el reconocimiento de la cultura hispano-árabe e hispano-judía como una parte integral y fundamental de nuestro pasado, de nuestra lengua, de nuestro patrimonio artístico, de nuestra cultura. Ello significa tanto como un reconocimiento auténtico y profundo de lo que Américo Castro, Blanco White antes que él, y Juan Goytisolo en nuestros días (por mencionar algunos nombres de la tradición crítica española, concepto radicalmente diferente de la escolástica categoría del ser de izquierdas o de la esencia progresista) han reivindicado como la realidad histórica de España.

El segundo aspecto atañe a la contraposición Norte-Sur tal como ha atravesado la historia de España con respecto a Europa desde 1492 hasta el día de hoy. No la oposición del contrarreformismo y la centenaria ortodoxia católica española, con sus secuelas de crueldad y totalitarismo que llegan precisamente a nuestros días, como ha venido sosteniendo esta tradición ilustrada europea que tanto deseó diferenciarse del arcaico espíritu antimoderno de la España del misticismo y la Inquisición. Más bien es preciso relacionar entre sí estas perspectivas efectivamente diferenciadas, la protestante e ilustrada de un lado, la católico-imperial del otro, como las dos caras de una misma racionalidad histórica. Más bien debemos estudiar los vínculos íntimos entre ambas perspectivas políticas e intelectuales, y sus consecuencias muchas veces indeseables.

Intolerancia católica y criticismo racional, dogmatismo religioso y conciencia reformista moderna, Inquisición e Ilustración son, cuando se los examina precisamente desde la perspectiva histórica de la América hispano-lusa, dos momentos lógica e históricamente complementarios, y conceptual y moralmente afines bajo la perspectiva de un mismo proceso colonizador.

Estas dos perspectivas suponen un cambio radical de nuestra mentalidad. Significa poner fin al público mutismo impuesto sobre nuestra historia, sobre sus indiscutidos mitos fundadores y sus emblemas institucionales.

Y significa sustituir la vulgaridad intelectual de los emblemas, las conmemoraciones y las fiestas nacionales por una auténtica voluntad de reflexión y de crítica.

EDUARDO SUBIRATS es filósofo y ensayista.

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        Documento  00.3.3.1

La indiscutible comunidad de España tiene raíces viejas de más de dos milenios, lo que la coloca entre las dos o tres “naciones” más antiguas y más definidas territorialmente de las que hoy integran la vieja Europa. Esa realidad de España como antigua “nación histórica” no tiene por qué entrañar, a las puertas del siglo XXI, unas estructuras políticas uniformes o un Estado centralizado, inadecuado ya para el futuro. Así se entendió en la II República y la Constitución de 1931 y así se ha entendido en la actualidad.

       Pero, la variedad histórica y cultural de sus elementos integrantes tampoco tiene por qué hipertrofiarse, como si se tratara de un hecho original y anómalo, ni puede ser interpretada desde determinadas doctrinas y conceptos políticos del presente; esa variedad interna no niega por sí la existencia de aquella comunidad, ni justifica reivindicar derechos exclusivos, enfatizar en los desencuentros o caer en tentaciones de segregación tras muchos siglos de vida en común.

       El español es seguramente el pueblo europeo que más ha debatido sobre su propio ser histórico, con más o menos lucidez y casi siempre desde un pesimismo un tanto enfermizo. (…)”

 

Luis González Antón. España y las Españas. Alianza Editorial. Madrid 1997. Prólogo.

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Y en la red:

La Historia como ciencia.

      

 

El debate historiográfico sobre la Historia de España en el pasado

                   España Sagrada, del Padre Mariana

                 Oración apologética por la España y su mérito literario, de Juan Pablo Forner. Y aquí su Discurso sobre la historia de España
                 Un resumen de la polémica Américo Castro vs. Sánchez Albornoz. Y, aquí, una presentación más amplia.

El debate historiográfico sobre la Historia de España en la actualidad.

      

                 El debate historiográfico en España en los últimos 25 años.

 

 

 

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